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martes, 8 de agosto de 2017

Oswald Spengler - Años Decisivos (3)



     Presentamos aquí, también de la tercera parte (La Revolución Mundial Blanca) del libro del filósofo alemán Oswald Spengler "Años Decisivos" (1933), dos capítulos (14 y 18), La Tipología del Demagogo, y La Lucha de Clases No Ha Terminado, tomados de la traducción que realizara en 1934 Luis López-Ballesteros. Aquí Spengler analiza el desarrollo en Europa de la subversión social fruto del materialismo de las grandes ciudades, de la moral de los esclavos, de la lucha de clases, del egoísmo proletario, y justificada incluso por la Economía política, y destaca la diferencia entre ese socialismo obrerista y el prusianismo, que exige el predominio de la política por sobre la economía, y cuyo espíritu, vislumbra el autor, puede vencer a la revolución mundial.




14. TIPOLOGÍA del DEMAGOGO

     ¿Quién es el que en las grandes ciudades y en las zonas industriales ha sublevado a esa masa de asalariados, la ha organizado, la ha provisto de lemas y la ha lanzado, por medio de una cínica propaganda, a la lucha de clases contra la mayoría de la nación? No ha sido el trabajador laborioso y perito, el «vagabundo», como se lo llama despectivamente en la correspondencia entre Marx y Engels. En una carta a Marx, fechada el 9 de Mayo de 1851, Engels habla del populacho democrático rojo y comunista, y en otra, del 11 de Diciembre del mismo año, le escribe: «¿Para qué sirve aún esa canalla si olvida servirse de sus puños?». El obrero no es más que un medio para los fines privados de los revolucionarios de profesión. Tiene que pelear para satisfacer el odio de los mismos contra los poderes conservadores y su hambre de poder.

     Si sólo a trabajadores auténticos se les reconociera el derecho de representar a los trabajadores, los escaños de la Izquierda de todos los Parlamentos se quedarían casi vacíos. Entre los autores de los programas teóricos y los caudillos de la acción revolucionaria no hay ninguno que haya trabajado verdaderamente en una fábrica años enteros. La bohemia política de Europa occidental, en la cual se desarrolla el bolchevismo desde mediados del siglo XIX, se compone de los mismos elementos que aquella de la cual se ha desarrollado el liberalismo revolucionario desde 1770. Sea a favor del «capitalismo», como en París en la revolución de Febrero de 1848, o en contra, como en los combates de Junio, y signifiquen la «igualdad y fraternidad» las de la clase media, como en 1789 y en 1918 las de las clases más bajas, en realidad, los fines de los promotores de estos movimientos, y sus motivos últimos, han sido siempre exactamente los mismos, y no otra cosa sucede hoy en España y mañana quizá en Estados Unidos.

     Es el populacho intelectual, capitaneado por los fracasados de todas las profesiones académicas, los incapaces y los que sufren de alguna inhibición psíquica, y del cual surgen los gangsters de los alzamientos liberales y bolcheviques. La «dictadura del proletariado», esto es, su propia dictadura con ayuda del proletariado, debe ser su venganza contra los afortunados y los que han llegado, el último medio de satisfacer su morbosa vanidad y su vulgar ansia de poder, brotadas ambas de la inseguridad de su sentimiento de sí mismos, última expresión de instintos corrompidos y mal dirigidos.

     Entre todos estos juristas, periodistas, maestros de escuela, artistas y técnicos suele pasar inadvertido un tipo, el más fatal de todos: el sacerdote caído. Se olvida la honda diferencia entre la religión y la Iglesia. Religión es la relación personal con los poderes del mundo circundantes, expresa en la concepción del universo, los usos piadosos y la conducta austera. Una Iglesia es la organización de una clase sacerdotal que lucha por su poder mundano. Se apodera de las formas de la vida religiosa y con ellas de los hombres a ellas adeptos, por lo cual es la enemiga innata de todos los demás poderes: el Estado, la clase y la nación. Durante las guerras persas, la clase sacerdotal de Delfos agitó al pueblo a favor de Jerjes y en contra de la defensa nacional. Ciro pudo conquistar Babilonia y destronar a Naboned, el último rey caldeo, porque los sacerdotes de Marduk estaban en connivencia con él. La historia antigua de Egipto y la de China están llenas de ejemplos de este orden, y en Occidente sólo había tregua entre la monarquía y la Iglesia, el trono y el altar, la nobleza y los sacerdotes, cuando su alianza contra terceros prometía mayores ventajas.

     «Mi reino no es de este mundo» es el principio más profundo de toda religión, y toda Iglesia lo traiciona. Pero toda Iglesia sucumbe, por el hecho mismo de su existencia, a las condiciones de la vida histórica: su pensamiento sigue las normas de la política de poderío y del materialismo económico; guerrea diplomática y militarmente, y comparte con otros poderes las consecuencias de la juventud y la vejez, de la ascensión y del declive. Y sobre todo, no es honrada en cuanto a la política y la tradición conservadora del Estado y de la sociedad, ni como tal Iglesia puede serlo. Todas las sectas jóvenes son, en su último fondo, enemigas del Estado y de la propiedad, contrarias a toda jerarquía social y partidarias de la igualdad. Y la política de las Iglesias envejecidas, por conservadoras que para sí mismas sean, está siempre tentada de hacerse liberal, demócrata y socialista en lo que al Estado y a la sociedad se refiere, esto es, de actuar igualitaria y destructoramente en cuanto se inicia la lucha entre la tradición y la plebe.

     Los sacerdotes todos son hombres, y con ello el destino de la Iglesia se hace dependiente del material humano del que en rápida sucesión se compone. Ni la más rigurosa selección —magistral generalmente— puede impedir que, en tiempos de decadencia social y demolición revolucionaria de todas las formas antiguas, sean frecuentes o incluso dominantes los instintos ordinarios y el pensamiento ordinario. En todas las épocas de este género hay una plebe sacerdotal que arrastra la dignidad y la fe de la Iglesia por la basura de los intereses políticos partidistas, se alía con los poderes revolucionarios y, con la fraseología sentimental del amor al prójimo y el amparo a los pobres, ayuda a desencadenar el mundo abisal para la destrucción del orden social, del orden al que también la Iglesia se halla irrevocable y fatalmente ligada. Una religión es lo que es el alma de los creyentes. Una Iglesia vale tanto como el material sacerdotal que la compone.

     Al principio de la Revolución francesa hallamos, junto al enjambre de corrompidos abates, que desde muchos años atrás venían ya escarneciendo de palabra y por escrito la monarquía, la autoridad y la posición social, al fraile exclaustrado Fouché y al obispo apóstata Talleyrand, regicidas ambos y ladrones de millones, duques napoleónicos y traidores a su patria. Desde 1815 el sacerdote cristiano va haciéndose cada vez más frecuentemente demócrata, socialista y hombre de partido. El luteranismo, que apenas es una Iglesia, y el puritanismo, que no lo es en absoluto, no han hecho política destructora. Sus sacerdotes pudieron ir «al pueblo» como individuos y con su sola representación, o entrar en un partido obrero, hablar en los mitines electorales y en los Parlamentos, escribir sobre cuestiones «sociales» y acabar siendo demagogos y marxistas. En cambio, el sacerdote católico, más fuertemente vinculado, arrastró tras de sí a la Iglesia por ese camino.

     La Iglesia quedó entretejida en la agitación de los partidos, primero como medio eficaz y, por último, como víctima de esa política. Ya bajo Napoleón III hubo en Francia un movimiento obrerista católico con tendencias socialistas sindicalistas. En Alemania, tal movimiento nació después de 1870, ante el temor de que los sindicatos rojos conquistaran solos el poder sobre las masas de las regiones industriales. Y se convirtió con ellos en seguida. Todos los partidos obreros tienen una obscura conciencia de su comunidad, por mucho que los grupos de dirigentes se odien unos a otros.

     Ha pasado ya mucho tiempo desde que la visión política mundial de León XIII hizo escuela y el clero alemán fue regido por un verdadero príncipe de la Iglesia, como el cardenal Kopp. Por entonces, la Iglesia tenia conciencia de ser un poder conservador y sabía muy bien que su destino estaba ligado al de los restantes poderes conservadores, al de la autoridad del Estado, la monarquía, el orden social y la propiedad; que en la lucha de clases no tenía más remedio que estar a la «derecha» y contra los poderes liberales y socialistas, y que precisamente de ello dependía toda posibilidad de sobrevivir como poder a la época revolucionaria.

     Esto ha cambiado rápidamente. La disciplina anímica se ha relajado. Los elementos plebeyos de la clase sacerdotal tiranizan con su actividad a la Iglesia hasta en sus más altas esferas, y éstas tienen que guardar silencio para no descubrir ante el mundo su impotencia. La diplomacia de la Iglesia, que obraba antes con suprema distinción desde arriba y juzgando tácticamente las cosas con una previsión de decenios enteros, ha cedido el puesto en extensos sectores a los métodos ordinarios de la política cotidiana, de la agitación democrática partidista desde abajo, con sus trucos indignos y sus argumentos falaces. Se piensa y se habla al nivel del mundo abisal de las grandes ciudades. La aspiración tradicional al poder mundano se ha reducido a la mezquina ambición de victorias electorales y alianzas con otros partidos de la plebe, para conseguir ventajas materiales. La plebe del estado sacerdotal, severamente enfrenada en tiempos, reina hoy con su pensar proletario sobre la parte valiosa del clero, que considera más importante el alma de los hombres que su voto y toma más en serio las cuestiones metafísicas que la intervención demagógica en la vida económica.

     Hace unos decenios no se habrían cometido errores tácticos como los recientemente observados en España, donde se ha creído posible separar los destinos del trono y el altar. Pero desde el final de la Gran Guerra y sobre todo en Alemania, la Iglesia, que es un viejo poder con viejas tradiciones inflexibles y, como tal, ha de pagar muy caro su descenso a la calle, con la pérdida de consideración por parte de sus fieles, ha descendido, por la agitación de adeptos inferiores, a la lucha de clases y a la comunidad con el marxismo. Hay en Alemania un bolchevismo católico más peligroso que el anticristiano, porque se oculta detrás de la máscara de una religión.

     Ahora bien; de hecho, todos los sistemas comunistas de Occidente han brotado del hecho del pensamiento cristiano teológico: la Utopía de Tomás Moro, la Ciudad del Sol del dominico Campanella, las teorías de los discípulos de Lutero, Karlstadt y Tomás Münzer, y el socialismo de Estado de Fichte. Todos los ideales del futuro soñados y descritos por Fourier, Saint-Simón, Owen, Marx y cien otros, tienen su origen, sin que sus autores lo supieran, ni mucho menos lo quisieran, en una indignación sacerdotal y moral y en conceptos escolásticos que latían secretos en el pensamiento económico y en la opinión pública sobre las cuestiones sociales. ¡Cuánto del Derecho natural y del concepto del Estado de Tomás de Aquino hay todavía en Adam Smith y por lo tanto —con signo contrario— en el Manifiesto Comunista! La teología cristiana es la abuela del bolchevismo.

     Toda meditación abstracta sobre conceptos económicos, pero ajena a toda experiencia económica, conduce, cuando es valiente y honradamente llevada a término, a conclusiones racionalistas contra el Estado y la propiedad, y sólo la falta de vista ahorra a esos escolásticos materialistas advertir que al final de su concatenación de ideas está otra vez el principio: que el comunismo llevado a la práctica es burocracia autoritaria. Para lograr el ideal hace falta la dictadura, el régimen del terror, el poder armado, la desigualdad de amos y esclavos, mando y obediencia; en una palabra, el sistema de Moscú. Pero hay dos clases de comunismo: uno, creyente, fiel por fanatismo doctrinario o sentimentalismo afeminado, que, vuelto de espaldas al mundo y hostil a él, condena la riqueza de los dichosos «perversos» y a veces también la pobreza de los honrados desgraciados. Éste acaba en nebulosas utopías o con el refugio en el ascetismo, el convento, la bohemia y el vagabundaje, en los cuales se predica la vanidad de toda aspiración económica. El otro, «mundano», orientado hacia la política real, quiere, por envidia o venganza, hacer que sus adeptos destruyan la sociedad, ya que la misma les señala, con arreglo a su personalidad y a sus talentos, un puesto inferior, o arrastrar en pos de sí a las masas, por medio de un programa cualquiera, para satisfacer su voluntad de poderío. Pero también esto gusta de ocultarse bajo el manto de una religión.

     También el marxismo es una religión, no en la intención de su promotor pero sí en lo que el séquito revolucionarios ha hecho de él. Tiene sus santos, sus apóstoles, sus mártires, sus padres de la Iglesia, su biblia y su misión; tiene dogmas, inquisición, una ortodoxia y una escolástica y, sobre todo, una moral peculiar, o más bien dos —una para los fieles y otra para los infieles—, como cualquier Iglesia. Y el hecho de que su doctrina sea enteramente materialista, ¿qué diferencia supone?. ¿Acaso lo son menos los sacerdotes que intervienen como agitadores en las cuestiones económicas?. ¿Qué son los sindicatos cristianos? Bolchevismo cristiano y no otra cosa.

     Desde el principio de la Era Racionalista, o sea desde 1750, hay materialismo con y sin terminología cristiana. En cuanto se revuelven los términos de pobreza, hambre, miseria, trabajo y salario —con el acento moral secundario en las palabras rico y pobre, justo e injusto—, y subsiguientemente se declara uno en favor de las exigencias sociales y económicas de orden proletario, esto es, las demandas de dinero, es uno materialista. Y entonces, con la necesidad interior, el altar mayor es substituído por la secretaría del partido, el cepillo de las limosnas por la caja electoral y el empleado del sindicato se convierte en sucesor de San Francisco.

     Este materialismo de las grandes ciudades es una forma práctica del juicio y de la acción, cualquiera que sea la «fe» coexistente. Es la manera de ver «económicamente» la vida pública y la propia, y de entender por economía no la vocación y el contenido de la vida sino el método de conquistar con poco esfuerzo la mayor cantidad de dinero y de placer posible: panem et circenses. La mayoría de los hombres no tiene conciencia de cuán materialistas son y es su pensamiento. Se puede rezar y confesar fervorosamente y tener constantemente en la boca el nombre de Dios, e incluso ser sacerdote de profesión y convicción, y ser, sin embargo, materialista. La moral cristiana es, como toda moral, renunciamiento y no otra cosa. Quien así no lo siente es materialista.

     «Ganarás el pan con el sudor de tu frent quiere decir no sentir como una miseria este duro sentido de la vida y no intentar eludirlo haciendo política partidista. Pero esta sentencia no es ciertamente aprovechable para la propaganda electoral proletaria. El materialismo prefiere comer el pan que otros han producido con el sudor de su frente: el campesino, el artesano, el inventor o el gerente. Sin embargo, el famoso ojo de aguja, por el cual pasa algún que otro camello, no es estrecho tan sólo para el «rico» sino también para aquel que valiéndose de huelgas, sabotajes y elecciones arranca aumentos de salario y disminuciones de la jornada de trabajo, y lo mismo para quien dirige esa actividad en beneficio de su poder. Es la moral utilitaria de almas de esclavos, esclavos no sólo por la situación en la vida —en este sentido lo somos todos por el sino de nuestro nacimiento en un tiempo y en un lugar determinados— sino por su manera vulgar de ver el mundo desde abajo. Esta manera es lo que importa, se envidien o se desprecien las riquezas y se estime o se odie y se quiera derribar a quien por sus excelencias personales y con su trabajo se ha elevado a una categoría dirigente, por ejemplo, al aprendiz de cerrajero que acaba en inventor y propietario de una fábrica.

     Pero este materialismo, para el que toda renuncia es incomprensible y ridícula, no es más que egoísmo, individual o de clase, el egoísmo parasitario de los inferiores, que consideran la vida económica de los demás y de la comunidad como objeto del cual se absorbe con el menor esfuerzo posible el mayor goce posible: panem et circenses. En este sector, la superioridad personal, la aplicación, el éxito, el goce en el rendimiento, son tenidos por malos, como pecado y traición. Es la moral de la lucha de clases, que reúne todo esto bajo la denominación de «capitalismo», a la que desde un principio se dio un sentido moral, y lo señala como fin al odio del proletario, lo mismo que por otro lado intenta fundir, en un frente político único, a los asalariados y al mundo abisal de las grandes ciudades.

     Sólo el «obrero» puede y debe ser egoísta, y no el campesino o el artesano. Sólo él tiene derechos en vez de deberes. Los demás tienen sólo deberes y ningún derecho. Es él la clase privilegiada a la que las demás tienen que servir con su trabajo. La vida económica de las naciones existe para él y ha de ser organizada atendiendo tan sólo a su gusto, aunque con ello sucumba. Ésta es la concepción del universo que ha sido desarrollada por la clase de los representantes del pueblo, salida de la hez universitaria, desde el literato y el profesor hasta el sacerdote, concepción con la cual ha desmoralizado a las clases inferiores de la sociedad para movilizarlas en beneficio de su odio y de su hambre de poder. Por eso los socialistas de pensamiento distinguido y conservador como Lassalle, partidario de la monarquía, y como Georges Sorel, que consideraba la defensa de la patria, la familia y la propiedad como la misión más noble del proletariado, y al que Mussolini ha dicho deber más que a Nietzsche, son poco gratos, frente a Marx, y no son nunca citados con sus verdaderas opiniones.

     Entre las muchas especies del socialismo teórico o comunismo, ha triunfado, naturalmente, la más ordinaria y menos honrada en sus últimas intenciones, aquella que más brutalmente respondía al propósito de procurar a los revolucionarios de profesión el poder sobre las masas. Que la denominemos o no marxismo, es cosa indiferente, como también es indiferente cuál sea la teoría que procura las consignas revolucionarias para la propaganda, o las concepciones no revolucionarias detrás de las que se esconde. Lo que importa es sólo el pensamiento práctico y la voluntad práctica.

     El que es ordinario y piensa, siente y obra ordinariamente, no se tornará otro porque se vista hábitos de sacerdote o agite banderas nacionales. Quien en cualquier lugar del mundo funda o conduce hoy sindicatos o partidos obreros, sucumbe pronto, casi necesariamente, a la ideología marxista, que bajo el concepto sintético de «capitalismo», calumnia y persigue toda jefatura política y económica, el orden social, la autoridad y la propiedad. Encuentra inmediatamente en su séquito la concepción, tradicional ya, de la vida económica como lucha de clases, y pasa así a depender de él si quiere seguir siendo jefe. El egoísmo proletario es, con sus fines y sus medios, la forma en que la revolución mundial «Blanca» se cumple desde hace casi un siglo, e importa poco que se denomine social o socialista y que sus caudillos acentúen su condición de cristianos o no quieran serlo.

     La floración de las teorías reformadoras del mundo llena el siglo primero, ascendente, del racionalismo, desde El Contrato Social (1762) hasta el Manifiesto Comunista (1848). Por entonces se creía, como Sócrates y los sofistas, en la omnipotencia del intelecto humano y en su capacidad para dominar el destino y los instintos, y poder ordenar y dirigir la vida histórica. Hasta en el sistema de Linneo entró entonces el hombre como homo sapiens. Se olvidó la bestia que en el hombre hay y que en 1792 hizo insistentemente recordar su existencia. Nunca se estuvo más lejos del escepticismo del conocedor auténtico de la Historia y de los verdaderos sabios de todas las épocas, los cuales sabían que «el hombre es malo desde joven». Se esperaba poder organizar a los pueblos, para su bienaventuranza definitiva, conforme a programas doctrinarios. Por lo menos los lectores de tales utopías materialistas lo creyeron así. Hasta qué punto lo creyeron sus autores es ya otra cuestión.

     Pero eso terminó en 1848. Si el sistema de Marx ha llegado a ser el más eficiente, ha sido también por ser el último. Quien hoy traza programas políticos o económicos para la salvación de la «Humanidad» resulta anticuado y aburrido. Y comienza a resultar ridículo. Pero la acción agitadora que tales teorías ejercen sobre los imbéciles (que Lenin estimaba en un 95% de todos los hombres) es todavía muy fuerte —e incluso creciente en Inglaterra y en Estados Unidos—, salvo en Moscú, donde sólo para fines políticos se finge creer en ellas.

     De estas teorías forman parte, en su último fondo, la Economía política clásica de 1770 y la concepción materialista, o sea, «económica», de la Historia, igualmente vieja, que refieren ambas los destinos de milenios enteros a los conceptos de mercado, precio y mercancía. Son interiormente afines y múltiplemente idénticas, y llevan necesariamente a sueños de un Tercer Reino, al que la fe del siglo XIX en el progreso aspiró como fin de la Historia. Fue el disfraz materialista de la idea del Tercer Reino imaginado por grandes cristianos góticos como Joaquín de Fiore. Este Imperio debía fundar sobre la Tierra la bienaventuranza definitiva, una Jauja de todos los pobres y los miserables, a los que se identificaba cada vez más insistentemente con «el trabajador». Había de traer consigo el fin de todos los cuidados, el dolce far niente y la paz perpetua; y la lucha de clases, con la abolición de la propiedad, el socialismo de Estado y la extinción de todos los amos y los ricos, habían de abrirle el camino. Era el victorioso egoísmo de clase, calificado de «bien de la Humanidad» y elevado moralmente hasta el cielo.

     El ideal de la lucha de clases surge por vez primera en el famoso escrito de propaganda (1789) del abate Sieyès —de nuevo un sacerdote católico— sobre el Tiers État (Tercer Estado) que debía arrasar a las dos clases superiores. Luego evolucionó lógicamente desde esa temprana concreción liberal revolucionaria hasta la forma bolchevique tardía de 1848, que desplazó la lucha desde el terreno político al económico, no en beneficio de la economía sino para alcanzar con su destrucción el fin político. Cuando los ideólogos «burgueses» hallan en tal desplazamiento una transición del idealismo al materialismo, no penetran, más allá de las frases hechas, en la hondura de los últimos fines, los cuales son, en uno y otro lado, los mismos.

     Todas las teorías de la lucha de clases han sido planeadas para la movilización de las masas urbanas. Había que crear primero la «clase» con que poder combatir. El fin fue designado en 1848, cuando ya se tenía detrás una primera experiencia de las revoluciones; se concretó en la dictadura del proletariado, y lo mismo hubiera podido concretarse, en aquel punto y hora, en la dictadura de la burguesía, pues el liberalismo no pretende ser otra cosa. Tal es el último sentido de las constituciones, las repúblicas y el parlamentarismo. Pero en realidad se apuntó siempre a la dictadura de los demagogos que, con la ayuda de las masas, metódicamente desmoralizadas, quieren, en parte, destruír las naciones, por venganza, y en parte, por ansia de poder, verlas sometidas a ellos como esclavas.

     Todo ideal procede de alguien a quien le es necesario. El ideal de la lucha de clases liberal, tanto como el de la bolchevique, es creación de gentes que aspiraban sin éxito a elevarse a una clase social superior o se hallaban en una cuyas exigencias éticas rebasaban sus posibilidades. Marx es un burgués fracasado; de aquí su odio contra la burguesía. Y lo mismo puede decirse de todos los demás juristas, literatos, profesores y sacerdotes: habían elegido una profesión para la que no estaban llamados. Ésta es la premisa psíquica del revolucionario de profesión.

     El ideal de la lucha de clases es la famosa subversión: no la construcción de algo nuevo sino la destrucción de lo existente. Es un fin sin porvenir. Es la voluntad de la nada. Los programas utópicos no tienen más razón de ser que el soborno de las masas. Lo único que se toma en serio es la finalidad de ese soborno, la creación de la clase como elemento de combate por medio de la desmoralización metódica. Nada aglutina más ni mejor que el odio. Pero en esta área se debería hablar más bien de envidia de clases que de odio de clases. En el odio late calladamente el reconocimiento de la valía del adversario.

     La envidia es la mirada oblicua desde abajo arriba a algo superior, que permanece incomprendido e inasequible y se quisiera, por ello mismo, rebajar, arrasar, ensuciar y despreciar. Por eso forma parte de la imagen optativa del porvenir proletario no sólo la felicidad de la mayoría, consistente en la placentera inacciónpanem et circences, de nuevo— y la paz perpetua, para poder gozar de la inacción sin cuidados ni responsabilidades, sino también y ante todo, con gusto auténticamente revolucionario, la desgracia de los «menos», de los antes poderosos, distinguidos y ricos, espectáculo gozoso para los otros. Toda revolución lo demuestra. A los lacayos de ayer no les basta sentarse a la mesa del que fue su señor; para que su goce sea completo, tiene aquél que servirles.

     El blanco de la lucha de clases, constituído alrededor de 1848 por «los tiranos» —los reyes, los nobles y los curas— pasó a ser, hacia 1850, a consecuencia del desplazamiento de la lucha política al terreno económico, «el capitalismo». Sería vana tentativa querer definir esta palabra vacía, pues no es otra cosa. No procede en absoluto de la experiencia económica sino que integra un sentido moral, para no decir medio cristiano. Designa la suma de lo económicamente malo, el gran pecado de la superioridad, al demonio que se ha disfrazado de éxito económico. Ha llegado a ser, incluso en ciertos círculos burgueses, un mote insultante para todo lo que no se puede sufrir, para todo lo que tiene categoría, tanto para el patrono y el comerciante afortunados como para el juez, el oficial y el profesor, e incluso para el campesino. Abarca todo lo que no es el «obrero» o el caudillo obrero, a todos los que no han fracasado por falta de talento. Reúne a todos los fuertes y los sanos bajo la vigilancia de todos los descontentos, de toda la plebe anímica.

     El «capitalismo» no es, en general, una forma de la economía ni un método «burgués» de hacer dinero. Es una manera de ver las cosas. Hay economistas que lo han hallado en la época de Carlomagno y en aldeas primitivas. Desde 1770 la Economía Política considera la vida económica que es, en realidad, una faceta de la existencia de los pueblos, desde el punto de vista del mercader inglés. La nación inglesa estuvo realmente a punto de monopolizar el comercio mundial. De ahí su fama de pueblo de tenderos, de masa de shopkeepers. Pero el comerciante no es más que un intermediario. Presupone la vida económica en cuanto intenta hacer de su actividad el centro de gravedad de la misma, del cual dependan todos los demás hombres como productores y consumidores. Adam Smith ha descrito esta situación de privilegio. Ésta es su «ciencia».

     Por eso la Economía Política parte hasta hoy del concepto del precio, y en lugar de vida económica y hombres en actividad ve sólo mercancías y mercados. Por eso, desde tal punto y sobre todo por la teoría socialista, el trabajo es considerado como mercancía y el salario como precio. En ese sistema no encuentran cabida ni el trabajo director del patrono y el inventor, ni el trabajo del campesino. Se ven tan sólo mercancías fabriles y avena o cerdos. Y al poco tiempo, los campesinos y los artesanos son olvidados por completo, y al dividir a los hombres en clases se piensa tan sólo, como Marx, en los asalariados y en los demás, los «explotadores».

     Nace así la división artificial de la «Humanidad» en productores y consumidores, la cual, entre las manos de los teorizantes de la lucha de clases, se convierte en la pérfida oposición de capitalistas y proletarios, burguesía y trabajadores, explotadores y explotados. En cambio, del comerciante, el verdadero «capitalista», no se ha dicho nada. El fabricante y el propietario agrícola son el enemigo visible porque recibe el trabajo asalariado y paga el salario. Esto es insensato, pero eficaz. La estupidez de una teoría no fue jamás obstáculo para su eficacia. En el autor de un sistema lo que importa es el sentido crítico; en los adeptos, siempre, todo lo contrario.

     El «capitalismo» y el «socialismo» tienen los mismos años, son íntimamente afines, han surgido de la misma manera de ver las cosas y se hallan tarados con las mismas tendencias. El socialismo no es más que el capitalismo de la clase inferior. La teoría librecambista manchesteriana de Cobdens y el sistema comunista de Marx nacieron ambos alrededor de 1840, y en Inglaterra. Marx incluso acogió muy bien el capitalismo librecambista.

     El «capitalismo de abajo» quiere vender la mercadería «trabajo asalariado» lo más cara posible, sin tener en cuenta la potencia adquisitiva del comprador, y entregar lo menos posible. De aquí el odio de los partidos socialistas contra el trabajo a destajo y el de calidad, y su aspiración a suprimir en lo posible la diferencia «aristocrática» de salario entre los obreros peritos y los que no lo son. Quiere, por medio de la huelga —la primera huelga general se desarrolló en Inglaterra en 1841—, elevar el precio del trabajo manual y llegar finalmente, con la expropiación de las fábricas y las minas, a que la burocracia de los caudillos obreros, reinante entonces en el Estado, sea la que libremente lo fije.

     Pues tal es el sentido secreto de la estatización. El «capitalismo de abajo» califica de robo la propiedad que los hombres capacitados y superiores han adquirido con su trabajo, para poder apropiársela sin trabajo por la sola mayoría de los puños. Nace así la teoría de la lucha de clases, de estructura económica y sentido político, calculada la primera con arreglo al estado de ánimo de los trabajadores, y el segundo con arreglo a los intereses de los caudillos obreristas. Un fin sin duración. Los espíritus inferiores no pueden ver, más allá del mañana, en la lejanía de los tiempos y obrar para ésta. La lucha de clases había de traer la destrucción y no otra cosa. Debía apartar del camino los poderes de la tradición, tanto lde la tradición política como de la económica, para procurar a los poderes del mundo abisal la venganza anhelada y el imperio. En lo que haya de venir luego de la victoria, cuando la lucha de clases pertenezca ya a un lejano pasado, no han derrochado esos círculos ni un solo pensamiento.

     De este modo, desde 1840 comienza, por dos lados, un ataque destructor contra la vida económica verdadera, infinitamente complicada, de los pueblos Blancos: el gremio de los comerciantes de dinero y los especuladores, la alta finanza, penetra en ella con ayuda de la acción, del crédito y de los consejos de administración, y hace dependientes de sus propósitos y sus intereses el trabajo directivo de la clase patronal técnica, en la cual se hallan muchos antiguos trabajadores manuales que se han elevado a fuerza de laboriosidad y de genio. El verdadero caudillo de la economía desciende a ser esclavo del financiero. Trabaja por la prosperidad de una fábrica que, acaso en el mismo instante es arruinada por una especulación en Bolsa de la que él nada sabe. Y desde abajo, el sindicato de los dirigentes obreros destruye lenta y seguramente el organismo de la economía.

      El arma teórica de los unos es la académica Economía política «liberal», que conforma la opinión pública sobre cuestiones económicas, y se mezcla, aconsejando y decidiendo, en la legislación; la de los otros es el Manifiesto Comunista, con cuya tesis se interviene igualmente en la legislación desde la Izquierda de todos los Parlamentos. Y ambas representan el principio de la «Internacional», que es puramente nihilista y negativo: se dirige contra las formas históricas, delimitantes —toda forma, toda figura es delimitación— de la nación, del Estado, de las economías nacionales, cuya suma sólo es la «economía mundial». Tales formas cierran el camino tanto a los propósitos de la alta finanza como a los de los revolucionarios de profesión. Por eso son negadas y deben ser destruídas. Pero ambas clases de teoría están hoy anticuadas.

     Lo que podía decirse se ha dicho hace ya mucho tiempo, y ambas se han equivocado tanto, desde 1918, en sus predicciones —en la dirección de Nueva York o en la de Moscú—, que ya sólo se las cita sin creer en ellas. La revolución mundial ha comenzado bajo su sombra. Hoy ha llegado ya quizá a su cima; pero está aún lejos de su fin. Entretanto, toma formas libres ya de toda palabrería teórica.



18. LA LUCHA de CLASES NO HA TERMINADO

     Esta revolución mundial no ha terminado. Rebasará la mitad y acaso el término del siglo actual. Avanza incesantemente hacia sus últimas decisiones con la fatalidad histórica de un gran destino que ninguna civilización pretérita pudo eludir, y somete a todos los pueblos Blancos del presente a su implacable necesidad. Quien predica su fin o cree haberla vencido, no la ha comprendido en absoluto. Todas las personalidades directoras de la época de la revolución de los Gracos, tanto Escipión como Aníbal, su adversario, y tanto Sila como Mario, y todo magno acontecimiento —el derrumbamiento de Cartago, las guerras de España, el alzamiento de los aliados itálicos, los levantamientos de los esclavos desde Sicilia hasta el Asia Menor—, son sólo formas en la que esta profunda crisis interior de la sociedad, esto es, de la estructura orgánica de las naciones de cultura, camina hacia su perfección. Así fue en el Egipto de la época de los hicsos, en la China de los «Estados en lucha» y en todas las demás partes en los períodos «correspondientes» de la Historia, por poco que de ellos sepamos. En esto somos nosotros todos, sin excepción alguna, esclavos de la «voluntad» de la Historia, órganos colaboradores, ejecutores de un acontecer orgánico.

     En este duelo terrible de grandes tendencias que se desarrolla sobre el mundo Blanco en guerras, revoluciones, vigorosas personalidades plenas de felicidad y de tragedia, creaciones poderosas y sin embargo efímeras, la ofensiva parte aún hoy de abajo, de la masa urbana; y la defensiva, de arriba, endeble todavía y sin la serena conciencia de su necesidad. El fin sólo se hará visible cuando tal relación se invierta, lo que no tardará en suceder.

     En tales épocas hay dos partidos naturales, dos frentes de la lucha de clases, dos poderes y orientaciones interiores, llámense como se llamen, y sólo dos, independientemente del número de organizaciones de partido que existan y de su existencia misma. La bolchevización progresiva de las masas en Estados Unidos lo demuestra, y el estilo ruso de su pensamiento, sus esperanzas y sus deseos. Esto es un «partido». No hay todavía un centro de resistencia contra él en ese país que carece de ayer y acaso de mañana. El brillante episodio del imperio del dólar y de su estructura social, iniciado con la Guerra de Secesión de 1865, parece estar llegando a su fin. ¿Será Chicago el Moscú del Nuevo Mundo?.

     En Inglaterra, la Oxford Union Society, el mayor club de estudiantes de la universidad más distinguida de la nación, ha tomado por aplastante mayoría el acuerdo siguiente: Esta casa no luchará en ningún caso ni por el rey ni por la patria. Esto significa el final del estado de opinión que hasta entonces había regido a todos los partidos. No es imposible que las potencias anglosajonas estén en vías de disolución. ¿Y el continente europeo occidental? La potencia más libre de este bolchevismo blanco es Rusia, en la cual no hay ya ningún «partido», sino bajo ese nombre una horda imperante a la antigua manera asiática. Ni hay tampoco creencia en un programa sino sólo miedo a la muerte, por retirada de los bonos de alimentación o del pasaporte, por envío a un campamento obrero, por un balazo o en la horca.

     En vano la cobardía de clases enteras se esfuerza en propugnar la constitución de un «centro» conciliador contra las tendencias radicales «derechistas» e «izquierdistas». La época misma es radical. No tolera compromisos. El hecho de la prepotencia presente de la Izquierda, la voluntad naciente de un movimiento derechista, que de momento sólo encuentra puntos de apoyo en círculos muy reducidos, en algunos ejércitos y, entre otros lugares, en la Alta Cámara inglesa, no pueden ser desterrados o negados. Por eso ha desaparecido en Inglaterra el partido liberal y desaparecerá, en su forma actual, su heredero, el partido laborista. Por eso han desaparecido sin resistencia los partidos centristas alemanes. La voluntad de un centro es el deseo senil de tranquilidad a toda costa, de hacer de toda nación una Suiza, de abdicación histórica, con lo que se imagina escapar a los golpes de la Historia. La oposición entre la jerarquía social y la masa urbana, entre la tradición y el bolchevismo, entre las condiciones superiores de unos pocos y el trabajo manual inferior de la masa, o como quiera llamársele, es lo único presente. No hay en absoluto un tercer término.

     Pero también es un error creer en la posibilidad de un partido único. Los partidos son formas liberal-democráticas de la oposición. Presuponen un partido contrario. Un partido es tan imposible en el Estado como un Estado en un mundo sin Estados. La frontera política —de la nación o de la opinión— separa siempre entre sí a dos poderes. Es una enfermedad infantil de todas las revoluciones creer en una unidad victoriosa, en tanto que el problema de la época, del cual han nacido, exige la discordia. Las grandes crisis de la Historia no se resuelven así. Quieren madurar para resolverse en nuevas crisis y en nuevas luchas.

     El «Estado totalitario», lema italiano que ha llegado a ser una consigna internacional de moda, fue ya realizado por los jacobinos en los dos años del Terror. Pero en cuanto aniquilaron a los poderes caídos del ancien régime y fundaron la dictadura, se dividieron ellos mismos en girondinos y montañeses, y los primeros ocuparon el puesto vacante. Sus jefes cayeron víctimas de la Izquierda; pero sus sucesores hicieron lo mismo con ésta. Luego, con el Termidor, comenzó la espera del general victorioso. Se puede destruír un partido como organización y burocracia de asalariados, pero no como movimiento, como poder espiritual e intelectual. La lucha naturalmente necesaria queda entonces desplazada al partido restante. Fórmanse en él nuevos frentes para continuarla. Se deja negar y encubrir, pero existe.

     Así sucede con el fascismo y con todos los movimientos surgidos a su imagen o por surgir aún, quizá en Estados Unidos. En este punto se plantea a todo individuo una elección ineludible. Hay que saber si está uno «a la derecha» o «a la izquierda», y saberlo con toda decisión, pues, si no, decidirá por uno la marcha de la Historia, más fuerte que toda teoría y toda ensoñación ideológica. La conciliación es hoy tan imposible como en la época de los Gracos.

     El bolchevismo occidental no ha muerto en ningún lado, salvo en Rusia. Cuando se destruyen sus organizaciones de combate pervive en nuevas formas, como ala izquierda del partido que cree haberlo vencido, como estado de opinión sobre cuya existencia en el propio pensamiento pueden engañarse tanto los individuos aislados como masas enteras, como movimiento que un buen día surge de pronto en formas organizadas.

     ¿Qué quiere decir «Izquierda»? Los lemas del siglo pasado, tales como socialismo, marxismo y comunismo, están ya anticuados, no dicen ya nada. Se usan para no tener que darse cuenta de adónde se ha llegado realmente. Pero la época exige claridad. «Izquierda» es lo que es partido, lo que cree en los partidos, pues ésta es una forma liberal de la lucha contra la alta sociedad, de la lucha de clases desde 1770, del anhelo de mayoría, de la colaboración de «toda» la cantidad en lugar de la calidad, el rebaño en vez del señor. Pero el cesarismo genuino de todas las culturas próximas a su fin se apoya en pequeñas minorías vigorosas. Izquierda es lo que tiene un programa, pues esto es la creencia intelectual, romántico-racionalista, de poder domeñar la realidad con abstracciones. Izquierda es la agitación ruidosa en el arroyo y en los mitines, el arte de trastornar la masa urbana con palabras fuertes y razones mediocres. En la época de los Gracos la prosa latina desarrolló aquel estilo retórico que no sirve más que para una retórica sofística, y que hallamos en Cicerón. Izquierda es la adoración a las masas en general como fundamento del poder propio, la voluntad de arrasar lo sobresaliente, de equiparar el obrero manual al pueblo con despreciativas miradas de reojo a la clase campesina y a la burguesía.

     Un partido no es sólo una forma senescente; reposa también en la ideología de masas anticuada ya, y ve las cosas desde abajo y va detrás del pensamiento de los más. «Izquierda» es, por último y sobre todo, la falta de respeto a la propiedad, aunque ninguna raza tiene tan fuerte instinto de la propiedad como la germánica, y precisamente porque ha sido, de todas las razas históricas, la de más vigorosa voluntad. La voluntad de propiedad es el sentido nórdico de la vida. Domina e informa toda nuestra historia, desde las campañas de conquista de reyes casi míticos hasta la forma de la familia del presente, la cual muere cuando se extingue la idea de la propiedad. Quien no posee el instinto de esto, no es «de raza».

     El gran peligro de mediados de este siglo es que se prosiga lo que se quisiera combatir. Es ésta la época de las soluciones intermedias y las transiciones. Pero mientras esto sea posible no habrá terminado la revolución. El cesarismo del porvenir no convencerá argumentando, vencerá con las armas. Sólo cuando esto se haya hecho evidente, cuando se sienta la mayoría como objeción, se la desprecie y alguien vea la masa, el partido en todos sentidos, y todos los programas, y las ideologías por debajo de sí, se habrá vencido la revolución.

     También en el fascismo se dan los dos frentes de la época de los Gracos —el izquierdo de la masa inferior urbana y el derecho de la nación articulada desde el campesino hasta las clases directoras de la sociedad—; pero esta oposición está reprimida por la energía napoleónica de un individuo solo. Reprimida, pero no suprimida, ni puede serlo, y volverá a emerger en graves luchas entre diadocos en el momento en que aquella mano de hierro deje el timón. También el fascismo es un tránsito. Se ha desarrollado partiendo de la masa urbana, como partido de masas con ruidosa agitación y discursos de mitin. Integra tendencias del socialismo obrero. Pero mientras una dictadura abriga ambición «social», afirma existir por el «obrero», corteja al arroyo y es popular, mientras tanto, es forma intermedia. El cesarismo del porvenir luchará sólo por conquistar poder, por un Imperio y contra toda clase de partidos.

     Todo movimiento ideológico cree definitiva su labor. Rechaza la idea de que «después de él» prosiga la Historia. Le faltan el escepticismo y el desprecio a los hombres —características del cesarismo—, el profundo conocimiento de lo efímero de todos los fenómenos. El pensamiento creador de Mussolini ha sido grandioso y ha ejercido una acción internacional: se ha visto en él una forma posible de combatir el bolchevismo. Pero esta forma ha nacido de la imitación del enemigo y está, por eso, llena de peligros: la revolución desde abajo, hecha y seguida en gran parte por hombres de abajo, por la milicia armada del partido —representada en la Roma de César por las bandas de Clodio y de Milón—; la tendencia a subordinar el trabajo intelectual y económico de los directores al trabajo ejecutor, porque no se lo comprende, a menospreciar la propiedad de los demás, a confundir la nación con la masa; en una palabra, la ideología socialista del siglo pasado.

     Todo eso pertenece al pasado. Lo que anticipa el futuro no es la existencia del fascismo como partido, sino tan sólo la figura de su creador. Mussolini no es un jefe de partido, aunque antes fuera jefe obrero, sino el señor de su país. Lenin, su prototipo, lo hubiera llegado a ser igualmente si hubiera vivido más. Poseía ya la desconsideración superior frente a su partido y el valor de iniciar la retirada de toda ideología. Mussolini es ante todo estadista, gélido y escéptico, realista y diplomático. Gobierna realmente solo. Lo ve todo, capacidad la más rara en un soberano absoluto. El mismo Napoleón estaba aislado por los que lo rodeaban. Las victorias más difíciles y las más necesarias, que un dictador ha de reñir, no son las que alcanza contra los enemigos, sino sobre sus propios partidarios, sobre los pretorianos, sobre los «ras», como los llamaban en Italia. Con ellas se demuestra el soberano de nacimiento.

     Quien no lo sabe, lo puede y lo arriesga, nada como un corcho sobre las olas, encima y no obstante sin poder. El cesarismo acabado es dictadura; pero no la dictadura de un partido sino la de un hombre contra todos los partidos y, sobre todo, contra el propio. Todo movimiento revolucionario alcanza la victoria con una vanguardia de pretorianos, que luego no son ya útiles y sí tan sólo peligrosos. El verdadero soberano se revela en la forma en que los despide, sin consideraciones, ingratamente, atento sólo a su fin para el cual tiene ahora que encontrar los hombres adecuados y sabe encontrarlos. La Revolución francesa muestra en su principio lo contrario: nadie tiene el poder y todos quieren tenerlo. Todos mandan y nadie obedece.

     Mussolini es un hombre señorial como los condottiere del Renacimiento, que entraña toda la astucia meridional de la raza y calcula así el teatro de sus movimientos de un modo exactamente adecuado al carácter de Italia —la patria de la ópera—, sin embriagarse nunca él mismo, cosa de la que Napoleón no estaba del todo libre y que perdió, por ejemplo, a Rienzi. Cuando Mussolini invoca el modelo prusiano tiene razón: es más afín a Federico el Grande, e incluso a su padre, que a Napoleón, para no citar ejemplos menores.

     Ha de ser dicha aquí, por fin, la palabra decisiva sobre el «prusianismo» y el «socialismo». En 1919 los comparé uno a otro como una idea viva y el lema predominante de todo un siglo, y —naturalmente, me atrevería a decir— no fui comprendido. Hoy no se sabe ya leer. Este gran arte, vivo aún en la época de Goethe, se ha extinguido. Se ojea lo impreso «en masa» y por lo regular el lector desmoraliza el libro. Había yo mostrado que en la colectividad obrera con la que Bebel supo forjar un poderoso ejército, en su disciplina y su fidelidad, en su camaradería y en su disposición a los sacrificios más extremos, pervivía aquel estilo prusiano antiguo que se reveló por vez primera en las batallas de la guerra de los Siete Años. Lo que importaba era el individuo «socialista» como carácter y sus imperativos morales, no el socialismo imbuído en su cerebro y mezcla nada prusiana de ideología estúpida y ansia vulgar. Y señalé que este tipo del «estar en forma» para una misión remonta su tradición hasta la orden de los caballeros teutónicos que en los siglos góticos —como de nuevo hoy— era la guarda fronteriza de la cultura fáustica contra el Asia.

     Esta actitud ética, inconsciente como todo estilo de vida genuino, y por ello mismo sólo despertable y constituíble por el ejemplo vivo y no con discursos y escritos, surgió magníficamente en Agosto de 1914 —el ejército había educado a Alemania— y fue traicionado por los partidos en 1918, cuando el Estado se extinguió. Después la voluntad disciplinada se ha erguido de nuevo en el movimiento nacional, no en sus programas y partidos sino en la actitud moral de los individuos mejores, y es posible que partiendo de esta base el pueblo alemán sea lenta y consecuentemente preparado para las tareas de su arduo futuro, y así es necesario que lo sea si no hemos de sucumbir en las luchas que se aproximan.

     Pero las cabezas adocenadas no saben salir del pensamiento marxista del siglo pasado. No entienden, en todo el mundo, el socialismo como una reforma moral de la vida sino como socialismo económico, como socialismo obrero, como ideología de masas con fines materialistas. El socialismo programático de toda clase es pensamiento de abajo, basado en instintos vulgares, apoteosis del sentimiento gregario que hoy se esconde en todas partes detrás de la frase hecha de «superación del individualismo», y es la antítesis del sentir prusiano que ha vivido en jefes modelos la necesidad de una entrega disciplinada y posee con ello la libertad interior del cumplimiento del deber, de mandarse a sí mismo y dominarse a sí mismo con vistas a un gran fin.

     En cambio, el socialismo obrero, en cualquiera de sus formas es —y así lo he mostrado ya— de origen exclusivamente inglés y nació alrededor de 1840, al mismo tiempo que la soberanía de las acciones [bursátiles] como forma victoriosa del capital financiero sin patria. Ambas cosas son manifestaciones del manchesterismo librecambista. Este bolchevismo «blanco» es capitalismo de abajo, capitalismo de salarios, así como el capital financiero especulador es, por su método, socialismo de arriba, desde la Bolsa. Ambos brotan de la misma raíz espiritual, del pensar en dinero, del comerciar con dinero en el arroyo de las grandes ciudades, bien sea como elevación de salarios o como diferencia de cotización.

     Entre el liberalismo económico y el socialismo no hay oposición alguna. El mercado de trabajo es la Bolsa del proletariado organizado. Las asociaciones obreras son trusts para la imposición de salarios con la misma tendencia y los mismos métodos que los trusts del petróleo, el acero o bancarios de tipo anglo-estadounidense, cuyo socialismo financiero se infiltra en las empresas individuales personal y técnicamente dirigidas, sometiéndolas, absorbiéndolas y dominándolas hasta la expropiación económica. La condición devastadora y expropiadora de los paquetes de acciones y las participaciones;  la separación del mero «haber» del trabajo responsable del empresario, que no sabe ya a punto fijo a quién pertenecen sus instalaciones, no ha sido aún suficientemente tomada en cuenta.

     La economía productora no es en último término más que el objeto sin voluntad de maniobras de Bolsa. Con la soberanía de la acción, la Bolsa, hasta entonces mero medio auxiliar de la economía, ha atraído a sí la función decisoria sobre la vida económica. Estos socialistas de las finanzas y magnates de los trusts, como Morgan y Kreuger, corresponden por completo a los jefes de masas de los partidos y a los comisarios de economía rusos: naturalezas de comerciantes con un igual gusto de parvenu (nuevo rico). Desde ambos lados son combatidos hoy, lo mismo que en la época de los Gracos, los poderes conservadores del Estado, el ejército y la propiedad, y el campesino tanto como el patrono.

     Pero el estilo prusiano no exige sólo la primacía de la gran política sobre la economía, su disciplina por un Estado fuerte, lo cual presupone la libre iniciativa del espíritu empresario privado, y no es en absoluto organización partidista y programática y súper-organización hasta la supresión de la idea de la propiedad, la cual precisamente en los pueblos germánicos significa libertad de la voluntad económica y señorío sobre lo propio. «Disciplina» es la educación de un caballo de raza por un experto jinete, no la opresión del cuerpo económico viviente en un corsé de planes económicos o su transformación en una máquina de acompasado golpear. Prusiana es la ordenación aristocrática de la vida con arreglo a la categoría de la función. Prusiana es, sobre todo, la primacía incondicional de la política exterior, de la dirección afortunada del Estado en un mundo de Estados, sobre la política interior, cuya única función es mantener en forma a la nación para aquella tarea y se convierte en abuso y en delito cuando persigue independientemente fines ideológicos propios.

     En esto reside la debilidad de la mayoría de las revoluciones cuyos jefes han sido elevados por la demagogia; no han aprendido otra cosa y, consiguientemente, no saben encontrar el camino que conduce desde el pensamiento partidista al pensamiento estadista, como Dantón y Robespierre. Mirabeau y Lenin murieron demasiado pronto; Mussolini ha cuajado. Pero el futuro pertenece a los grandes hombres de hechos, después que, a partir de Rousseau, se han pavoneado en el escenario de la Historia mundial pobres reformadores del mundo y han desaparecido sin dejar huella duradera.

     Prusiano es, por último, un carácter que se disciplina a sí mismo, como el que Federico el Grande poseyó y definió al calificarse de primer servidor de su Estado. Un tal servidor no es un lacayo; pero cuando Bebel afirmaba que el pueblo alemán tenía alma de lacayo acertaba en cuanto a los más. Su propio partido lo demostró en 1918. Los lacayos del éxito son, entre nosotros, más numerosos que en ningún otro lado, aunque en todos los tiempos y en todos los pueblos hayan plagado al rebaño humano. Es indiferente que el bizantinismo celebre sus orgías ante la bolsa llena, el éxito político, un título o sólo ante el sombrero de Gessler.

     Cuando Carlos II desembarcó en Inglaterra no hubo ya, de repente, republicanos. Ser servidor del Estado es una virtud aristocrática de la que sólo muy pocos son capaces. Si esto es «socialista», será un socialismo orgulloso y exclusivo para hombres de raza, para los elegidos de la vida. El prusianismo es algo muy distinguido y enderezado contra toda clase de mayoría y de imperio de la plebe, y, sobre todo, también contra las cualidades de la masa. Moltke, el gran educador del oficial alemán, el máximo ejemplo de prusianismo genuino del siglo XIX, era así. El conde de Schlieffen resumió su personalidad en el siguiente lema: «Hablar poco, hacer mucho, más ser que aparentar».

     De esta idea de la naturaleza prusiana partirá el vencimiento definitivo de la revolución mundial. No hay posibilidad ninguna otra. En 1919 dije ya: no todo nacido en Prusia es prusiano; ese tipo es posible por doquiera en el mundo «Blanco» y existe realmente en él aunque en raros ejemplares. Constituye en todas partes la forma provisional de los movimientos nacionales —no son éstos nada definitivo—, y se plantea la interrogación de en qué grado es posible desligarlo de los elementos rápidamente senescentes, populares y democrático-partidistas del nacionalismo liberal y socialista, que lo dominan por ahora. El callado sentimiento nacional de los ingleses alrededor de 1900, vacilante hoy; el chauvinismo jactancioso y sin contenido de los franceses, que afloró ruidosamente en el affaire Dreyfus, formaban parte de él, adherida allí al culto a la flota y aquí al culto al ejército. Estados Unidos no posee nada semejante —el norteamericanismo 100% es una frase—, y lo necesita si ha de sobrevivir como nación a la catástrofe venidera entre el comunismo acechante y la alta finanza, soterrada ya.

     La idea prusiana se endereza tanto contra el liberalismo financiero como contra el socialismo obrero. Todo orden de masa y de mayoría, todo lo que es «Izquierda» le es sospechoso. Ante todo, apunta contra la debilitación del Estado y contra el abuso del mismo en favor de intereses económicos. Es conservadora y derechista y brota de los poderes primordiales de la vida en cuanto tales poderes existen aún en los pueblos nórdicos. El instinto de poder y la propiedad, de la propiedad como poder, de la herencia, la fecundidad y la familia —pues todo esto está enlazado—, de las diferencias de rango y la articulación social, cuyo enemigo mortal fue, es y será el racionalismo desde 1750 a 1950.

     El nacionalismo del presente es, con las ideas monárquicas en él latentes, una transición. Es un estadio previo del cesarismo venidero, por lejano que éste aún parezca. Aquí borbotea ya el asco a todo partidismo liberal y socialista, a toda clase de popularidad, que siempre compromete a sus objetos, a todo lo que surge en masa y quiere intervenir. Este rasgo, por muy oculto que aún se encuentre bajo tendencias «más actuales», tiene en favor suyo el porvenir —y a los jefes del porvenir. Todos los caudillos verdaderamente grandes de la Historia marchan hacia la derecha, por abismal que sea la profundidad de la que se han elevado; en ello se reconoce al señor y al soberano de nacimiento. Tal sucedió con Cromwell y con Mirabeau, lo mismo que con Napoleón. Cuanto más madura la época, más lleno de esperanzas aparece este camino.

     Escipión el Viejo sucumbió al conflicto entre las tradiciones de su origen, que le prohibían la dictadura sin leyes, y la situación política, que le procuró, sin él quererla, la salvación de Roma del peligro cartaginés, y murió en el extranjero. Por entonces comenzó el movimiento revolucionario a soterrar las formas saturadas de tradición, por lo que Escipión el Joven ocupaba aún una posición débil frente a los Gracos, Sila una posición muy fuerte ya frente a Mario, hasta que, por fin, César, que comenzó como catilinario, no encontró ya resistencia en los partidos, pues los pompeyanos no eran un partido sino el séquito de un individuo.

     La revolución mundial, por fuerte que sea en su comienzo, no termina en victoria o derrota sino en resignación de las masas empujadas hacia adelante. Sus ideales no son controvertidos; se hacen tediosos. Acaban por no mover a nadie a molestarse por ellos. Quienes hablan del final de la burguesía se caracterizan con ello aun como proletarios. Nada tienen que hacer con el porvenir. Una sociedad «no burguesa» sólo puede ser mantenida por el terror, y sólo por un par de años; al cabo de ellos todo el mundo está harto de ella, sin contar con que en el entretanto los jefes obreros se han convertido en nuevos burgueses. Y éste no es el gusto de las naturalezas genuinas de jefe.

     El socialismo de toda clase está hoy tan anticuado como las formas liberales en las que tuvo su punto de partida, como todo lo referente a partidos y programas. El siglo del culto al obrero —1840 a 1940— llega irrevocablemente a su fin. Quienes hoy cantan «al obrero» es que no han comprendido la época. El trabajador manual se reintegra al todo de la nación, no ya como su niño mimado sino como la clase más baja de la sociedad urbana. Las antítesis elaboradas por la lucha de clases tornan a ser diferencias permanentes de alto y bajo, y todos se satisfacen con ello. Es la resignación de la época imperial romana, en la cual no había ya problemas económicos de este orden. Pero, ¡qué más puede aún ser destruído y arrasado en los últimos tiempos de la anarquía mundial socialista! Tanto, que en algunos pueblos Blancos no habrá ya materia con la que un César pueda alzar su creación, su ejércitopues en el porvenir los ejércitos relevarán a los partidos— y su Estado.

     En aquello que en todas las naciones Blancas participantes en la guerra se llama, con cierta obscuridad, la «juventud» o la «generación del frente», ¿existe acaso ya un fundamento sólido para tales hombres y tareas del porvenir? La honda conmoción producida por la Gran Guerra, que arrancó a todo el mundo de las perezosas ilusiones de seguridad y progreso como sentido de la Historia, se muestra más patentemente que en ninguna otra cosa en el caos espiritual que dejó tras de sí. El hecho de que no se tenga la menor conciencia de él y se crea llevar en sí un nuevo orden, demuestra más que nada su existencia.

     A los hombres nacidos alrededor de 1890 les ha faltado la vista de un jefe verdaderamente grande. Las figuras de Bismarck y de Moltke, para no hablar de otras grandes naciones, se habían desvanecido ya en la niebla de una literatura histórica. Podían ser un criterio para la grandeza genuina, pero no sin presente vivo, y la guerra no ha mostrado un solo monarca importante, ni un estadista sobresaliente, ni un estratega victorioso en su lugar decisivo. Todos los monumentos y los nombres de calles no pueden nada contra esto.

     Consecuencia de ello fue una falta absoluta de sentimiento de autoridad, falta con la que por ambos lados volvieron millones de hombres desde las trincheras a sus casas. Esa falta se reveló en la crítica juvenil y sin reservas de todo lo existente, hombres y cosas, sin que ante todo hubiera existido ni la más mínima huella de autocrítica. Se reía del pasado sin sospechar su poder subsistente. Se mostraba sobre todo en la manera en que por todas partes se clamaba por una dictadura al gusto de cada uno, sin conocer un dictador o reconocerlo; en la manera en que se elegía hoy un dictador y se le rechazaba mañana —Primo de Rivera, d'Annunzio, Ludendorff—, y en cómo se discutía el caudillaje como un problema en lugar de aceptarlo como un hecho si así había de ser. El diletantismo político daba la pauta. Cada uno prescribía a su dictador lo que debía querer. Cada uno exigía disciplina de los demás porque él mismo era incapaz de autodisciplina.

     Porque se había olvidado lo que es un conductor del Estado se cayó en la histeria de los programas y los ideales, y todo el mundo se entregó, en escritos y discursos, a sueños fantásticos sobre lo que incondicionalmente había de ser transformado, pues lo que era posible se presuponía ya evidente. La falta de respeto a la Historia no fue nunca mayor que en esos años. No se sabía ni se quería advertir que la Historia tiene su lógica propia, contra la que se estrellan todos los programas. Pero Bismarck llegó a la meta porque había comprendido la marcha de la Historia de su siglo y se intercaló en ella. Eso era gran política como arte de lo posible.

     De esta «juventud» de todos los países «Blancos», que pretendía «poner término» desde abajo a una revolución mundial de dos siglos, porque no la comprendía, y precisamente en la forma del bolchevismo, del cual tanto entrañaba ella misma, se alzó el clamor típicamente revolucionario contra el «individualismo» en Alemania, en Inglaterra, en España, en todas partes. Todos ellos eran por sí mismos pequeños individualistas, muy pequeños, sin talento ni profundidad; pero precisamente por ello estaban poseídos de la necesidad compulsiva de tener razón, y odiaban por eso la superioridad de los más grandes, a los que, por lo menos, no les era ajeno un hálito de escepticismo sobre sí mismos.

     Todos los revolucionarios carecen de humor, y ésta es la causa principal de sus fracasos. Amor propio mezquino y falta de humor, tal es la definición del fanatismo. No se dieron cuenta en absoluto de que el caudillaje, la autoridad, el respeto y el «socialismo» se excluyen recíprocamente. Este anti-individualismo es la moda teórica del momento entre los intelectuales a la fuerza de todas las naciones Blancas, como ayer lo era un individualismo que no se diferenciaba mucho. Por miserable que sea esta especie de ingenio, es el único que tienen. Es literatura de las grandes ciudades, y nada nueva por cierto, pues ya los jacobinos usaron de ella hasta la saciedad en sus discursos. La falta de inteligencia no es aún la superación del racionalismo.

     ¿En qué consiste, pues, el «socialismo» de estos héroes que salen al campo contra la libertad de la personalidad? Es el colectivismo asiático impersonal del Oriente, el espíritu de la gran llanura enlazado a la levée en masse [reclutamiento masivo] occidental de 1792. ¿Qué es lo que propiamente se alza? Los insignificantes, cuyo solo poder es su número. En esto late mucha parte de eslavismo subterráneo, restos de razas prehistóricas y de su pensamiento primitivo, y también envidia del ruso, cuya voluntad no desarrollada lo libra de la tortura de los inferiores, de querer algo y no saber qué, tener que querer y no atreverse. Quien no entraña valor para ser martillo tiene que resignarse a ser yunque. Lo cual tiene su comodidad. El impulso a ser redimido de la propia voluntad, a sumergirse en la mayoría inerte, la felicidad de un alma de lacayo en verse libre de las preocupaciones del señor, todo esto se disfraza aquí con palabras resonantes. ¡El romanticismo de los insignificantes!, ¡la apoteosis del sentimiento gregario!, ¡el último medio de idealizar el propio miedo a la responsabilidad!.

     Este odio al individualismo por cobardía y vergüenza es la caricatura de los grandes místicos de los siglos XIV y XV y de su «abandono del yo», como consta en la «teología alemana». Eran almas fuertes las que entonces vivieron la tremenda soledad del Yo en el mundo, genuinamente germánica, y extrajeron de su tortura el ansia ardiente de disolverse en lo que llamaban Dios, el Todo o de otro modo, y que no era de nuevo sino su propio Yo. El Yo vigoroso e inflexible era su fatalidad. Toda tentativa de rebasar sus límites les enseñaba sólo que no los tenía. Hoy se procede más sencillamente: se hace uno «socialista» y habla contra el Yo de los demás.

     El Yo propio no les crea dificultades. Se ha cumplido el arrasamiento de los cerebros. Se congregan «en masa», quieren «en masa» y piensan «en masa». El que no piensa como todos y sí por su cuenta es sentido como adversario. La masa en lugar de la divinidad es en lo que se «abisma» el Yo inerte, estúpido y enfermo de todo género de inhibiciones. También eso es «redención». Algo casi místico. Y ya se sabía así en 1792. Es la necesidad de la plebe de concurrir e intervenir. Pero el estilo prusiano es una renuncia por libre decisión, el doblegarse de un vigoroso Yo ante un gran deber y una gran misión, un acto de dominio de sí mismo, y en este sentido el máximo individualismo de que el presente es capaz.

     La «raza» celto-germánica es la de más fuerte voluntad que jamás viera el mundo. Pero este «¡quiero!» —¡Yo quiero!— que llena hasta los bordes el alma fáustica, constituye el último sentido de su ser y rige toda manifestación de la cultura fáustica en el pensamiento, la acción y la conducta, despertaba la conciencia de la absoluta soledad del Yo en el espacio infinito. La voluntad y la soledad son en último fondo lo mismo. De ahí el silencio de Moltke y, por el otro lado, la necesidad de Goethe, más blando y femenino, de confesarse una y otra vez ante un mundo circundante de su elección, necesidad que traspasa todas sus obras. Era el anhelo de un eco en los espacios del mundo, la cuita de un alma tierna por el monólogo de su existencia.

     Puede uno estar orgulloso de su soledad o sufrir por ella, mas no escapar a ella. El hombre religioso de «verdades eternas» —así Lutero— ansía el indulto y la redención de este sino; quiere conquistarlos, arrancarlos. En cambio, el hombre político del Norte extrae de él un gigantesco desafío a la realidad: «Confías más en tu espada que en Thor», dice una saga islandesa. Si hay en el mundo algo que sea individualismo, es este desafío del individuo al mundo entero, la conciencia de una voluntad inflexible, el gozarse en las últimas decisiones y el amor al destino, incluso en el instante mismo en que se estrella contra él. Y lo prusiano es el doblegarse por libre voluntad.

     El valor del sacrificio está en que sea difícil. Quien no tiene un Yo que sacrificar no debería hablar de fidelidad a un jefe. No hace sino correr detrás de alguien sobre el que ha echado la responsabilidad. Si algo debiera asombrar hoy es la miseria del ideal socialista con el que se quisiera redimir al mundo. Esto no es una liberación de los poderes del pasado, es la continuación de sus peores tendencias. Es cobardía frente a la vida.

     La lealtad genuina —genuinamente prusiana— es lo que más precisa el mundo en esta época de las grandes catástrofes. Sólo lo que ofrece resistencia puede servir de apoyo. En este conocimiento se reconoce al verdadero jefe. Quien procede de la masa ha de saber tanto mejor que la masa, las mayorías y los partidos no son un séquito. Quieren sólo provecho. Y dejan en la estacada al que va delante en cuanto les pide sacrificios. Aquel que extrae de la masa su pensamiento y su sentir no dejará tras de sí en la Historia más que el renombre de un demagogo. En este punto se separan los caminos hacia la izquierda y la derecha. El demagogo vive entre la masa, siempre entre sus iguales. El hombre nacido para regir puede utilizarlos, pero los desprecia. Riñe su más ardua batalla no contra el enemigo sino contra el enjambre de sus amigos demasiado abnegados.

     Por eso serán los ejércitos y no los partidos la forma futura del poder, ejércitos de abnegación desinteresada, como Napoleón no los tuvo ya después de Wagram. Podía confiar en sus viejos soldados, pero no en los oficiales superiores, y el valor de un ejército se mide ante todo por el de su oficialidad. No se veía en él el caudillo sino el eterno dispensador de provecho. En cuanto los sacrificios exigidos superaron los beneficios acabó el gran ejército.

     Tiempo es ya de que el mundo «Blanco», y Alemania en primer lugar, recuerden estos hechos. Pues detrás de las guerras mundiales y de la revolución mundial proletaria, aún inacabada, emerge el mayor de todos los peligros, el peligro de color, y todo cuanto de «raza» hay todavía en los pueblos Blancos ha de ser necesario para afrontarlo. Alemania sobre todo no es una isla, como pretenden los ideólogos políticos, que quisieran realizar en ella, como objeto, sus programas. Es tan sólo una pequeña extensión en un mundo en ebullición, si bien ocupa una situación decisiva. Pero sólo ella entraña en sí el prusianismo como hecho. Con tal tesoro de naturaleza modelo puede llegar a ser la educadora del mundo «Blanco» y quizá salvarlo.




Caps. 10, 11 y 13

Caps. 19 y 20
http://editorial-streicher.blogspot.com/2015/01/oswald-spengler-la-revolucion-mundial.html



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