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martes, 13 de junio de 2017

Max Eastman - Sobre el Fracaso del Socialismo



     Max Forrester Eastman (1883-1969), escritor estadounidense de literatura, filosofía y sociedad (una veintena de libros), editor y activista político, de simpatías comunistas hasta que comprendió la verdad de ese horror, habiendo vivido dos años en la Rusia soviética, haciéndose conservador y anti-comunista luego, publicó en 1955 su libro recopilatorio de ensayos Reflections on the Failure of Socialism, del cual de sus once capítulos hemos traducido aquí los números 6, 7, 8 y 10, donde explica la inversión semántica que se produjo entre Izquierda y Derecha, analiza la inmoralidad en que se basa la religión del socialismo, y pone frente a aquél la necesidad de una ciencia comprensiva del comportamiento humano, de la que carecieron y despreciaron completamente los sistemas socialistas totalitarios de "Izquierda" que al autor le tocó conocer.



Reflexiones sobre el Fracaso del Socialismo
(Selección)
por Max F. Eastman, 1955



Capítulo Seis
CÓMO LLAMARSE A USTED MISMO


     Aunque parezca triste que criaturas inteligentes puedan ser tan infantiles, creo que el deseo de ser llamado "radical" y considerado como perteneciente a "la Izquierda" es una causa adicional de la traición a la civilización por parte de muchos liberales. No son bienes concretos o valores los que ellos están defendiendo sino un nombre, y un status correspondiente a ello, en la jerarquía de las emociones políticas. Ellos no logran, o no desean, comprender un hecho sobre el cual Tucídides comentó hace dos mil años: que en tiempos de agitación revolucionaria las palabras son forzadas a cambiar sus significados (La Guerra del Peloponeso, cap. X). Al discutir esta y otras violencias más sangrientas cometidas por los revolucionarios, Tucídides pone la peor culpa sobre los "hombres que entraron en la lucha no con un espíritu de clase sino de partido". El comentario es peculiarmente relevante en nuestros tiempos porque la primera y más fundamental violencia contra el lenguaje cometida por los revolucionarios marxianos fue hacer que "clase" significase "partido".

     Marx, con su críptico comentario de que los "filósofos" en vez de entender el mundo deberían cambiarlo, y Lenin, con su aseveración más lúcida de que los trabajadores no pueden por sí mismos llegar a una conciencia socialista sino que tiene que ser llevada a ellos por "intelectuales burgueses", ambos prepararon el terreno para esa maniobra. El término "clase obrera" fue separado de los trabajadores reales y adjudicado a un partido de creyentes en la teoría marxiana acerca de lo que los trabajadores debían llegar a hacer. Esa maniobra de aspecto inocente impuso el estilo para atrocidades etimológicas tales como llamar "liberación" al hecho de que el Ejército Rojo marchara y detuviera, encarcelara, violara, deportara o fusilara al 30% de la población nacional, y calificara a la tiranía perfecta resultante con el nombre de "Democracia Popular".

     Esos burdos trucos de demagogos pueden con un poco de lucidez ser percibidos en su verdadera naturaleza. Pero ellos son sólo una astuta exageración de tendencias naturales que son más lentas, más sutiles y más peligrosas para la vida de la verdad. La palabra "Izquierda", durante los últimos cien años, ha pasado por un cambio tan completo como el que han sufrido las palabras "liberación" y "democracia" entre la llegada de Lenin a la estación de Finlandia y la extensión del poder de Stalin hacia Europa del Este y Asia. En sus comienzos, en las revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX, la palabra "Izquierda" designaba a la gente y a los grupos que apoyaban al individuo y sus libertades en oposición a las "autoridades constituídas".

     En la Asamblea Nacional francesa de 1789 la nobleza todavía inspiraba el suficiente respeto como para recibir sitios de honor a la derecha del orador, y los radicales naturalmente se retiraban tan lejos como les era posible al otro lado. Los asientos en el centro eran para aquellos que tenían opiniones y emociones moderadas. En muchos Parlamentos europeos fue seguido el precedente así establecido, y una diferencia que había sido específica y ceremonial se hizo universal y política. La nobleza estuvo pronto fuera del edificio, pero todavía a la derecha. Los absolutistas de la libertad individual, los anarquistas, estaban también fuera, pero ellos eran la "extrema Izquierda".

     Cualesquiera que puedan haber sido las excepciones individuales, había poca duda acerca del significado de esos dos términos. En Europa sus connotaciones en especial eran extensas y muy ricas. El "hombre de la Derecha" fue caracterizado en general por un gusto por los uniformes, las insignias y emblemas de distinciones jerárquicas. Al "hombre de la Izquierda" le gustaba la ropa sencilla, y mientras más a la izquierda, más simple, hasta que usted alcanzaba la suave gorra y el suelto paño alrededor del cuello del rebelde bohemio. Al hombre de la Derecha le gustaban los títulos y las ceremonias; él se dirigía a la gente con un cuidadoso miramiento por la distancia entre ellos. Él reverenciaba a los personajes y despreciaba a los meros seres humanos. El hombre de la Izquierda estrechaba su mano y saludaba a cada uno, ¿y por qué no? El hombre de la Derecha estaba a favor de la ley y el orden como cosas buenas en sí mismas. El hombre de la Izquierda estaba en favor de la ley principalmente como una defensa de los derechos del ciudadano y sus libertades. El hombre de la Derecha era convencional e inclinado a respetar las opiniones aceptadas. El hombre de la Izquierda estaba pronto a patear las convenciones, y a realizar una investigación independiente en cualquier tema.

     Todos esos rasgos enriquecieron la connotación de Izquierda y Derecha, pero sobre todo, y en el fondo de todos, la actitud ante las autoridades constituídas y ante el Estado. "El individuo en un lado, el Estado en el otro, ésta es la sustancia subyacente de este contraste", dice J. Pera en un atractivo ensayo sobre este tema (Études Matérialistes, Nº XIV, Septiembre de 1947).

    Ahora está claro que no sólo en su sustancia subyacente, sino en todas sus implicaciones esenciales, esas palabras "Izquierda" y "Derecha" han exactamente intercambiado lugares. En Estados Unidos, y pienso en todos los países occidentales, un "izquierdista" es un hombre que no está horrorizado por la tiranía soviética y que está de acuerdo con el gigantesco y excesivo crecimiento del Estado. La restauración en Rusia de charreteras, saludos, emblemas y actitudes de rango, la transformación del "camarada Stalin" primero en "mariscal" y luego en "generalisímo", incluyendo la adopción del "paso de ganso" en el Ejército Rojo, no alteró sus sentimientos.

     La reverencia por un personaje, similar casi al respeto por un dios, no le repugnaba. Él aceptó un sistema de leyes, o encontró excusas para ello, que en vez de defender las libertades de los hombres estaba enfocado en suprimirlas, el cual donde dejaba de hacer eso podía ser sustituído por decretos administrativos, o meras decisiones de la policía estatal. Las convenciones se hicieron rígidas; las opiniones fueron recibidas de autoridades infalibles; los juicios de valor se hicieron obligatorios en cada campo del trabajo; una jerarquía fija de castas y un status impuesto en la vida civil e industrial así como en la vida militar y política, todas esas cosas fueron dócilmente tragadas. En resumen, cada juicio y opción, cada rasgo y modo de comportamiento, que alguna vez habían dado sentido a la palabra "Derecha", son apoyados o justificados ahora por aquellos a quienes todos concuerdan en llamar "Izquierda" o "izquierdista".

    Esto no importaría tanto si fuera claramente y generalmente entendido. Pero mucho del magnetismo original todavía es inherente en el término "Izquierda" —alguna sugerencia, al menos, de preparación para la aventura idealista—, razón por la cual, por tenerlo fijado en ellos, muchos liberales alguna vez audaces están actualmente ahora dispuestos a arrodillarse a los pies de los tiranos no calificados que están entronizados en el Kremlin. La cosa es inteligible para mí porque, habiendo sido toda mi vida un hombre de Izquierda, y no habiendo experimentado ningún cambio interior o conversión, encuentro casi físicamente doloroso cuando alguien alude a mis actuales opiniones políticas como "derechistas" o como representando a la "Derecha".

     Esto hace del problema de qué hacer acerca del significado invertido de estos términos claves un problema agudo para mí personalmente, pero pienso que es también de importancia pública. Debería haber algún mecanismo etimológico por el cual una persona todavía inclinada a defender al individuo libre contra las intrusiones de un Estado que prolifera de manera mórbida pueda ponerse por encima de ese truco que el lenguaje y la Historia, sin ninguna mala intención, han realizado sobre él. Quizás si consideramos la manera en la cual el asunto llegó a suceder, algún mecanismo tal se nos ocurrirá. De cualquier modo voy a describir, como aparece ante mí, el proceso por el cual en los últimos cien raros años —es decir, desde la revolución democrática— la palabra "Izquierda" ha llegado a significar "Derecha" y la palabra "Derecha", "Izquierda".

     La democracia moderna surgió y se ha desarrollado bajo una bandera inscrita con dos ideales: Libertad e Igualdad. Ellos fueron combinados en nuestra Declaración de Independencia (estadounidense). Ellos fueron combinados en el combativo slogan de la Revolución francesa, que se convirtió en el lema de la República francesa. Ellos son combinados en todo discurso correctamente constituído del 4 de Julio. La frase "libre e igual" ha sido casi tan corriente en Estados Unidos como la propia palabra "democracia".

     Para nuestros antepasados esas dos palabras tenían más o menos el mismo significado. Libertad significaba la elección del propio gobierno por medio del voto popular; Igualdad significaba que cada ciudadano tiene un voto. Libertad significaba el imperio de la ley; Igualdad significaba que todos los hombres son iguales ante la ley. Libertad significaba que no debería haber barreras sociales públicamente reconocidas; Igualdad significaba lo mismo. No había ninguna confusión ahí porque la vida era simple, la tierra espaciosa, y la conversación principalmente era sobre política. Pero cuando la vida se hizo compleja, llena de gente, industrializada, y comenzamos a pensar en términos de economía, surgió un conflicto inherente entre esas dos ideas. Es completamente obvio que si los hombres son económicamente libres, aunque no sea en ningún sentido absoluto, las desigualdades se desarrollarán entre ellos. Y a la inversa, ellos no pueden ser mantenidos en la igualdad económica, o nada que se acerque a ello, sin restricciones forzosas.

     Fueron los socialistas los que trajeron la idea de extender los ideales democráticos a las relaciones económicas entre los hombres, y fue Marx quien hizo que esa idea pareciera práctica, y en realidad inherente al desarrollo natural de las relaciones económicas. Él propuso lograr la igualdad económica aboliendo el competitivo mercado, y haciendo que toda la riqueza fuera producida y distribuída por el Estado. La libertad, prometió él, se seguiría de allí. Después de un período transitorio de dictadura, el Estado, de hecho, se "marchitaría".

     Con aquella noción de una "transición" hacia el marchitamiento del Estado él ocultó el inevitable conflicto frontal entre libertad e igualdad. Él ocultó el hecho de que él había elegido, entre las dos, la igualdad, no la libertad —una sociedad sin clases, para usar su término— y estaba preparado para dejar al Estado hacer lo que tenía que ser hecho para llevarla a cabo. Él le ocultó a la Izquierda, o al menos a una parte importante de ella, que él era un hombre de Derecha, un adorador del Estado hegeliano por formación y por instinto, y era, como Bakunin lo describió, "un burgués de pies a cabeza".

     No pretendo implicar que Marx ocultó conscientemente esos hechos, o que él fue hipócrita acerca del marchitamiento del Estado. Él creía en su interesado sistema de pensamiento con todo el ardor del típico metafísico alemán. Lenin también creía en ello. Nadie puede leer el panfleto de éste titulado Estado y Revolución, publicado en vísperas de la Revolución de Octubre, y su "discurso de programa" a los soviéticos seis meses después de eso, y tener alguna duda de su fe sincera en las promesas del universo de la dialéctica. Pero Lenin también era, por temperamento, excepto en sus hábitos sociales, un hombre de Derecha, un fanático de la autoridad centralizada y de la lealtad a ella. En los heroicos días de la toma del poder él reunió bajo su bandera de la dictadura de transición a los Revolucionarios Sociales de Izquierda, e incluso a unos cuantos anarquistas. Pero ellos pronto vieron que su partido era un instrumento de reglamentación, y un instrumento estrictamente controlado. Ellos se retiraron y miraron con consternación —aquellos que no fueron encarcelados o ejecutados— mientras él ponía los fundamentos de un Estado-Partido que debería llegar a hacerse más meticulosamente autoritario, y más despectivo del hombre individual y sus libertades, que cualquier otro régimen en la Historia.

     Estoy, por supuesto, simplificando enormemente un desarrollo ideológico complejo. El pensamiento de los marxistas era que la libertad política significaba libertad sólo para las clases explotadoras, y su motivo era hacer a todos los hombres igualmente libres. Pero mientras eso resuelve en la lógica abstracta el conflicto entre los dos ideales, en la acción práctica no resuelve nada, porque la base de toda libertad, como es ahora concebida, es económica. Es la igualdad económica —igualdad en relación a la empresa de producción de la riqueza, que lo determina todo— la que debe "liberar al proletariado y con ello a toda la sociedad". Y esa igualdad, como los acontecimientos lo han demostrado mil veces, no puede ser establecida o mantenida sin restricciones recientemente ideadas, difundidas y violentas. Con toda la casuística metafísica, los encantamientos dialécticos y serias elucubraciones económicas que él trajo para apoyarla, la "sociedad de los libres e iguales" de Marx es una contradicción en los términos. En ninguna sociedad concebible pueden ser los hombres, en el sentido económico, a la vez iguales y libres.

     El gradual ascenso a la prominencia de este sumergido hecho es la causa principal, me parece, del cambio automático que ha ocurrido en el significado de términos tales como Izquierda y Derecha. Ninguna persona seria fuera de Rusia cree ya en el marchitamiento del Estado. Pero el cambio de atención desde la Libertad a la Igualdad que fue llevado a cabo por aquella mítica invención, sigue prevaleciendo entre nuestros demócratas extremos. Ellos todavía desean, en diversos grados, extender la democracia al campo de las relaciones económicas, y todavía dan por hecho que democracia implica libertad, así como igualdad. Ninguno de ellos ha hecho una elección consciente entre las dos ideas directrices: libertad con respecto al control estatal, e igualdad impuesta por un Estado controlador. Pero inconscientemente —en parte bajo la influencia del marxismo, en parte bajo un nuevo humanitarismo secular que sustituye a la religión eclesiástica— ellos han apoyado sin reservas la última alternativa. Ellos están todavía, según su propio pensamiento, en "la Izquierda", pero su tolerancia de la autoridad centralizada, del gobierno estatal por sobre la voluntad del individuo, excede, en muchos casos, a la de la extrema Derecha en los días en que aquellos términos adquirieron por primera vez un sentido político.

     Esto plantea un problema para todos aquellos que prefieren la Libertad a la Igualdad como una idea guía, o que comprenden que la libertad económica es esencial para el mantenimiento de un alto nivel de vida. ¿Cómo se distinguirán ellos, en el lenguaje diario, de sus opositores en lo que solía ser la Derecha? La palabra "Izquierda" se les ha perdido completamente. Su recurso natural sería al término "liberal", el cual, cuando es usado históricamente, designa bastante correctamente el núcleo de su posición: su énfasis en el libre comercio y en una economía de libre mercado. Pero en el lenguaje político esa buena palabra también se desliza al otro lado. En vez de significar de mente abierta con respecto a la variación individual y dispuesto a restringir la interferencia autoritaria en ella, la palabra "liberal", cuando no es modificada por un adjetivo diestramente elegido, ahora significa casi lo mismo que Izquierda. Dicha palabra muy enfáticamente no significa estar en guardia contra la difusión de ideas colectivistas y contra la interferencia estatal en una economía de libre mercado [1].

[1] "Para poner el fantasma en el comienzo y descartar la semántica, un liberal es aquí definido como alguien que cree en la utilización de toda la fuerza del gobierno para el progreso de la justicia social, política y económica, a nivel municipal, estatal, nacional e internacional" (Joseph S. Clark Jr., alcalde de Filadelfia, en el Atlantic Monthly, Julio de 1953).

     Una razón principal de este segundo cambio, me parece, es el optimismo en cuanto al progreso que prevaleció en el siglo XIX y después. Los liberales no compraron la panacea socialista ni se molestaron con ella, los mitos del materialismo dialéctico, sino que estaban confiados de un modo menos cerebral en que el mundo estaba viajando en la dirección de ellos. Incluso un pensador tan analítico como John Stuart Mill pudo comentar que "un liberal es un hombre que mira hacia adelante por sus principios de gobierno; un conservador mira hacia atrás". Entonces no es sorprendente que el hombre promedio, o al menos el hombre locuaz que moldea el lenguaje, llegara a pensar de los liberales como gente de mente abierta hacia el futuro más bien que como gente comprometida con alguna concepción actual de la vida. Para él, en la atmósfera general de optimismo, la palabra significaba "listo e impaciente por tomar su lugar en la marcha del Progreso". En realidad la palabra "liberal" fue a veces abandonada —explícitamente por la Nueva República, recuerdo— y adoptada la palabra "progresista" en su lugar.

     Pero ahora este ciego gigante victoriano, el "Progreso", nos ha conducido a un túnel con un final negro, y aquellos que están profundamente preocupados por las libertades tienen la difícil tarea de dar vuelta y encontrar el camino de regreso a un nuevo comienzo en la luz. Ésta es la simple y triste verdad. Y mientras tanto al susodicho hablador promedio todavía le parece "liberal", así como "progresista", sumergirse en la oscuridad.

     Se han hecho diversos intentos para encontrar un adjetivo capaz de rescatar esta preciosa palabra "liberal" y llevarla de vuelta hacia su antiguo significado. Wilhelm Roepke describe la posición tomada en su admirable libro "La Crisis Social de Nuestro Tiempo", como "conservadurismo liberal". En otro pasaje él propone liberalismo "constructivo" o "revisionista"; en todavía otro, para distinguir su opinión de la antigua estrechamente económica, "liberalismo sociológico". Granville Hicks ha empleado con destreza la frase "liberalismo crítico", pero eso tiene una cualidad literaria que difícilmente tiene algo que hacer en política.

     En un folleto que me llega desde París [2], M. Berger-Perrin se llama a sí mismo un "liberal espiritual" (liberal-spiritualiste). No es lógico ni sabio, sin embargo, al reunir reclutas para un orden económico y político que permitirá la variación individual en todas las fases de la vida, imponer una opinión fuera de temas económicos y políticos. Otros términos empleados por M. Berger-Perrin, "liberalismo realista", "liberalismo humanista", me parece también que sufren de ese mismo defecto, aunque en un grado menor.

[2] "Vitalité Liberale: Physionomie et Avenir du Libéralisme Renaissant", París.

     El término "liberalismo científico", que me encuentro empleando en la conversación con cierta clase de personas, está quizás también sujeto a esta crítica. Para mí implica un rechazo no sólo del programa colectivista sino de la pretensión de los marxistas de que su sistema de interesada metafísica es "científico", a diferencia del socialismo "utópico", un fraude que engañó a cuatro generaciones enteras de idealistas radicales. Dicho término también comunica, o debiera comunicar, la noción de una hipótesis en desarrollo más bien que una doctrina fija y consagrada. Y declara lo que es ciertamente verdadero, que las esperanzas del hombre como un animal social se basan en los avanzados métodos y los resultados graduales de la ciencia, no en ninguna nueva obsesión doctrinal o evangelio de panacea que comenzará otra estampida. Sin embargo, su cualidad técnica y de laboratorio no lo hace apto para la tarea en la que estamos pensando. A muchos les parecería, aún más que el libéralisme spiritualiste, que ello sugiere una secta más bien que un entendimiento juicioso de las cosas [3].

[3] Hay una considerable reacción en estos días contra lo que es llamado "cientismo" en el estudio del hombre. Eso significa, al tratar con problemas sociales, una pretenciosa imitación de los caminos y métodos de las ciencias físicas. El término es desafortunado, ya que la ciencia es solamente el uso persistente y diestro de la mente, y de los depósitos del conocimiento humano, en relación a cualquier problema. Si sus conclusiones deben ser válidas, ellos requieren en cada campo la misma disciplina: la disciplina de la suspensión del juicio, la eliminación del factor personal, paciencia en el esfuerzo para ser consecuente, y una pasión serena en la verificación. Las diferencias metodológicas son sólo aquellas dictadas por el asunto en cuestión. Por esta razón, después de que usted ha clasificado ciertas falsas pretensiones sociológicas como "cientismo", usted tiene que deshacer el trabajo poniéndose a explicar que el cientismo en sí "no es científico en el verdadero sentido de la palabra" (Hayek, "Scientism and the Study of Society", Economica, Febrero de 1944). Sería mejor evitar en primer lugar aquella extravagante adulación de la física matemática de la cual surgió toda la dificultad. Cuando leí las declaraciones charlatanas y cambiantes de ellos acerca del tamaño, forma y comportamiento del "universo", siento que hay casi tanto "cientismo" entre los físicos como entre el resto de nosotros.

     Existen, según un cálculo reciente, aproximadamente doscientas personalidades influyentes en varios países: economistas, sociólogos, historiadores, filósofos de la civilización, publicistas y estadistas, que apoyan un renacimiento de los principios liberales. No he buscado entre sus escritos, pero parecería que no ha surgido ningún término o frase conveniente que los distinga, en el lenguaje popular, de los simpatizantes de los soviéticos o de los entusiastas del Nuevo Trato [política económica de F. D. Roosevelt] o del estado de la economía planificada británica. (...)



Capítulo Siete
La RELIGIÓN del INMORALISMO


     Desde la muerte de Stalin se ha hecho necesario encontrar un nuevo foco para nuestra hostilidad al comportamiento poco escrupuloso e inhumano de los comunistas. Quisiera poder enfocarme en la verdadera causa del problema: el marxismo. Mucha fuerza del argumento es desperdiciada entre los intelectuales occidentales por un deseo de eximir a Marx de responsabilidad por este retorno al barbarismo. La Realpolitik en el mal sentido no nació ciertamente con Marx. Pero la cosa peculiar contra la que estamos, el dejar de lado los estándares morales por parte de gente que se especializa en la búsqueda de relaciones humanas ideales, nació con Marx. Él es la fuente de las costumbres así como de la economía de los bolcheviques rusos, y es el padrino de los liberales delincuentes en todas las tierras.

     La noción de Marx como una benigna y noble gallina clueca en cuanto a las esperanzas y penas del hombre, que estaría "horrorizado" por los trucos y duplicidades de los comunistas actuales, es tan falsa como difundida. Marx tenía un mal carácter. Sus mejores apologistas difícilmente pueden pensar en una virtud que le puedan asignar, excepto, en efecto, la tenacidad y el coraje moral. Si él alguna vez realizó un acto generoso, no se encuentra registrado. Él era un niño mimado totalmente indisciplinado, vano, desaliñado y egotista. Él estaba listo, a la más ligera provocación, con un odio rencoroso. Él podía ser engañador, desleal, petulante, anti-democrático, anti-judío y anti-negro. Él era por hábito un parásito, un intrigante, un tiránico intolerante que preferiría arruinar a su partido antes que verlo tener éxito bajo otro líder.

     Todos esos rasgos están claros en lo registrado de su vida, y sobre todo en su correspondencia privada con su álter ego e inagotable benefactor, Friedrich Engels. Hay trozos en esa correspondencia tan repugnantes para una persona de sensibilidad democrática, que tuvieron que ser suprimidos para mantener vivo el mito de Karl Marx como un hombre de gran corazón, campeón de los oprimidos y de la hermandad humana. Para dar un ejemplo: Ferdinand Lassalle, que eclipsaba a Marx como el líder de un genuino movimiento de clase obrera en Alemania, se descubrió que era no sólo un judío a quien llamaban "Barón Izzy", "el gran Lassalle", "el pequeño judío", "judío moreno", "Izzy el inmoral", etc., sino también "un negro [nigger] judío". "Es absolutamente obvio", escribió Marx, "a partir de la forma de su cabeza y de la manera en que crece su cabello, que él desciende de los negros que se unieron a Moisés en el viaje de salida de Egipto, a menos que quizá su madre o su abuela hubieran tenido relaciones con un negro". Sólo los bolcheviques rusos, que asumieron la religión del inmoralismo con un bárbaro candor imposible para un europeo urbano, tuvieron la temeridad para publicar esas cartas íntegras.

     Uso la palabra "religión" en un sentido preciso. Aunque él descartó a Dios como un fraude y al Paraíso divino como un señuelo, Marx no era escéptico o experimental por naturaleza. Sus hábitos de pensamiento exigían una creencia tanto en un paraíso como en un poder que conduciría de manera segura a él. Él localizó su paraíso en la Tierra, llamándolo por nombres beatíficos tales como el "Reino de la Libertad", la "Sociedad de los Libres e Iguales", la "Sociedad sin Clases", etc. Todo sería dichoso y armonioso allí hasta un grado que supera incluso los sueños de los socialistas utópicos. No sólo desparecerían todas las "causas de enfrentamientos", junto con toda división en castas y clases, sino todas las divisiones entre ciudades y países, y entre trabajadores intelectuales y manuales. Los hombres incluso no estarían divididos en diferentes profesiones ya que ellos están en esta baja etapa de la subida hacia el paraíso.

     "El socialismo abolirá tanto la arquitectura como el empujar carretillas como profesiones", aseguró Engels a los creyentes, "y el hombre que ha dedicado media hora a la arquitectura también empujará la carretilla un poco hasta que su trabajo como arquitecto sea otra vez demandado". Aquél sería un lindo tipo de socialismo que perpetuaría el negocio de empujar carretillas.

     Parecería que sólo una deidad benigna podría garantizar un futuro tal a la Humanidad, y sólo enseñando una moralidad superior podría ella conducirnos a él. Pero Marx odiaba a la deidad, y consideraba las altas aspiraciones morales como un obstáculo. El poder en el cual él basaba su fe en el paraíso próximo era la evolución brutal, feroz y sangrienta de un mundo "material" y sin embargo misteriosamente "yendo hacia arriba". Y él se convenció a sí mismo de que, a fin de introducirnos en tal mundo, debemos poner a un lado los principios morales y ocuparnos de la guerra fratricida. Aunque sepultada bajo una montaña de racionalizaciones económicas que simulaban ser ciencia, aquella fe mística y anti-moral es la única contribución totalmente original de Karl Marx a la herencia de ideas del hombre.

     Es común entre aquellos que condenan el rebajamiento de los estándares morales realizado por los marxistas culpar al "materialismo" de ellos por aquello, pero ése es un craso error. A través de toda la Historia, desde Demócrito a Santayana, los hombres que creían genuinamente que la sustancia del mundo es la materia han sido los más nobles maestros de moralidad. El materialismo de Marx no era genuino: era el disfraz de una fe mística. El mundo que él llamaba "material" era lo suficientemente mental para ascender para siempre "desde lo más bajo a lo más alto" con un determinismo que es apenas distinguible de la determinación. Engels, que hizo el trabajo y corrió el riesgo de realmente exponer esa ingenua filosofía —porque Marx actuó sobre seguro así como con pereza sólo poniendo por escrito algunas notas— incluso nos dice que "los cuerpos celestes, como la formación de los organismos... aparecen y perecen, y los cursos que ellos recorren... toman dimensiones eternamente más magníficas".

     Recordando que en este planeta particular la sociedad también se eleva por etapas sucesivas al "más magnífico" objetivo de la sociedad socialista, usted ve en qué clase divina de "materia" era aquella en la cual creía Marx. Ella se parecía al Espíritu Divino de Hegel sólo en que Marx la consideraba también sublime, y en planear un curso de procedimiento hacia ella que permitió el libre ejercicio a la rebelde y contumaz disposición de Marx. El universo del materialismo dialéctico —para decirlo brevemente— es un dios panteísta disfrazado como materia, y permitiéndose Él mismo bajo aquel disfraz formas de conducta de las que ningún dios honestamente nombrado e identificado podría evitar las consecuencias en un mundo civilizado.

     Whittaker Chambers está profundamente equivocado cuando él dice en su libro "Testigo" que la controversia entre el comunismo soviético y el mundo libre es entre la religión y la irreligion, o entre la creencia en el hombre y la creencia en Dios. Los comunistas creen en el hombre no como un poder independiente sino como una parte constituyente del movimiento sobrehumanamente ordenado del universo. Aquel movimiento dialéctico es su dios, y es ese dios el que los exime de las leyes de la moralidad. La diferencia entre cristianismo y comunismo —la diferencia, quiero decir, que es vital en esta conexión— es entre una religión que enseña la salvación personal por medio de la compasión y la afectuosa bondad, y una religión que enseña la salvación social por medio de llevar la moral de la guerra a las relaciones de tiempos de paz entre los hombres.

     Marx estaba tan seguro de que el mundo iba a ser redimido por su propia evolución dialéctica, que él no permitiría a sus discípulos invocar la guía de los ideales morales. Él realmente lo quiso decir cuando dijo que los trabajadores no tienen "ningún ideal que realizar" sino que sólo tienen que participar en la lucha contemporánea. Él expulsó a la gente de su Partido comunista por mencionar de manera programática cosas tales como "amor", "justicia", "humanidad", e incluso la "moralidad" misma. Él llamaba a tales expresiones "desvaríos sentimentales" y "torpe sentimentalismo", y purgó a los sorprendidos autores de ellas como si ellos hubieran cometido los delitos más innobles.

     Más tarde, cuando Marx fundó la Primera Internacional, él se sintió obligado, para conseguir una mayor cantidad de miembros, a minimizar su perspicacia intelectual acerca de los objetivos del universo. Él escribió en privado a Engels: «Me vi obligado a insertar en el preámbulo dos frases sobre "deber y derecho", y sobre "verdad, moralidad y justicia"». Pero esas lamentables frases, él aseguró a su amigo, "están colocadas de tal modo que ellas no pueden hacer daño".

     Esa fe mística en la evolución liberó la mente de Marx, y, lamentablemente, su disposición natural, para reemplazar la honesta campaña de persuasión pública por medio de la cual otros evangelios han sido propagados, con esquemas para engañar al público y amañar su camino hacia posiciones de poder. Fue Marx, no Lenin, quien inventó la técnica de la "organización de fachada", el recurso de fingir ser un demócrata a fin de destruír la democracia, la despiadada purga de los miembros disidentes del partido y el empleo de la falsa difamación personal en esa tarea.

     Fueron Marx y Engels quienes adoptaron "la burla y el desprecio" como la clave principal para atacar a los opositores del socialismo, introduciendo una literatura de vituperio que tiene pocos paralelos en la Historia. Incluso el golpe maestro político de entregar tierras a los campesinos "inicialmente" a fin de arrebatárselas cuando el poder fuera asegurado provino de la misma fuente. La introducción de tal comportamiento falto de principios en un movimiento para los fines más altos del hombre fue completamente obra de Marx y Engels. Lenin no le añadió nada excepto la habilidad, y Stalin solamente una indiferencia instintiva y total en cuanto a los fines.

     Una fuerza tan fuerte fue puesta en movimiento después de la muerte de Marx para santificarlo, y hacerlo benévolo, por así decir, que esas prácticas fueron en gran parte olvidadas entre los socialistas occidentales. Su religión de inmoralismo fue dejada de lado. Pero en la mente de Lenin esa religión encontró un hogar perfecto, ya que Lenin había crecido bajo la influencia del ala terrorista del movimiento revolucionario ruso. Lenin era un ferviente admirador de Nechayev, un fanático rabioso de la década de 1870 que preparó un famoso documento llamado "Catecismo de un Revolucionario", donde dice que "El revolucionario es un hombre condenado... Él ha cortado cada lazo con el orden social y con el mundo civilizado entero... Él odia y desprecia la moralidad social de su tiempo... Todo lo que promueve el éxito de la revolución es moral, y todo lo que lo dificulta es inmoral".

     Nechayev fue denunciado incluso por su colega suficientemente violento el anarquista Bakunin como un peligroso fanático, el cual «cuando es necesario prestar algún servicio a lo que él llama "la causa"... no se detiene ante nada: el engaño, el robo, e incluso el asesinato». Pero Lenin sorprendió a sus amigos tempranos al defender a ese loco y honrar su memoria. Así, antes de que se convirtiera en un marxista, Lenin había llegado por un camino emocional a aquel rechazo de los estándares morales que Marx dedujo de una supuesta ciencia de la Historia. La confluencia de esas dos corrientes de pensamiento es uno de los mayores desastres que alguna vez hayan acontecido a la Humanidad.

     Lenin fue aún más crédulo y más específico que Marx y Engels en la descripción de las bellezas de la vida en el paraíso hacia el cual este mundo dialéctico estaba viajando. En su socialismo cada "empujador de carretilla" y cada criada de cocina debían participar en la función de gobierno. Lenin fue también más específico en la descripción de las clases de conductas viles que deben ser empleadas para ayudarle a lo largo. "Debemos estar listos a emplear la trampa, el engaño, la infracción de la ley, la retención y el ocultamiento de la verdad", exclamó él. "Podemos y debemos escribir en un lenguaje que siembre entre las masas el odio, el asco, el desprecio y otras cosas por el estilo, en relación a aquellos que discrepan de nosotros".

     Actuando sobre tales principios, Lenin hizo uso de calumniosas mentiras y difamaciones; él incentivó los robos a bancos y asaltos armados como un medio de llenar los fondos para el milenio. Sus discípulos han llevado la fe adelante, no deteniéndose en ningún crimen, desde el asesinato corporal a una hambruna planificada por el Estado y masacres militares al por mayor. Un organizador principal de aquellos robos y asaltos a bancos fue el georgiano Djugashvili, que tomó el apodo de Stalin.

     La creencia marxista-leninista de que tales crímenes son métodos de progreso en vistas a un milenio fue inculcada a esa juventud a partir del día de la rebelión de él (Stalin) contra la teología cristiana. Él no tuvo ninguna otra educación, ni entró en contacto con ninguna otra concepción del mundo. Él fue descrito una vez por el arzobispo Curley como "el mayor asesino de hombres en la Historia", y el registro, cuando es tranquilamente escrito, puede confirmar eso. Pero él no dio ningún paso más allá de las implicaciones lógicas de una devota creencia en la conducta brutal y deshonrosa. Él simplemente llevó a cabo la doctrina inventada por Karl Marx, de que a fin de entrar en el "Reino de la Libertad", debemos poner a un lado los estándares morales. Debemos colocar "el deber y el derecho... la verdad, la moralidad y la justicia" donde "ellos no puedan hacer daño". O, en palabras de Lenin (dichas ante un Congreso Ruso de la Juventud), "Para nosotros la moralidad está subordinada completamente a los intereses de la lucha de clases del proletariado".

     No hemos entrado, lamentablemente, en el Reino de la Libertad, y la Sociedad sin Clases no ha aparecido aún. Todo bajo los comunistas se mueve en la dirección contraria. Pero esa religión del inmoralismo prospera. La noción de un paraíso terrenal en el cual los hombres vivirán juntos en una milenaria hermandad es usada para justificar crímenes y depravaciones que sobrepasan cualquier cosa que el mundo moderno haya visto. Y esto es verdadero no sólo en Rusia sino dondequiera que el poder de la conspiración comunista se extiende. En países que están más allá del alcance de Moscú la corrupción es llevada por partidos comunistas a sus grupos marginales de cómplices, inocentones y compañeros de viaje; incluso los alguna vez honestos liberales no son inmunes a ello.

     Cada vez más en todo el mundo aquellos dedicados a un ideal social extremo, en vez de ser entrenados en la virtud, son entrenados para justificar delitos contra los principios elementales de la conducta social. Tal desastre nunca le había sucedido a la Humanidad antes. Ninguna tal religión había existido alguna vez. Por eso nuestros estadistas han quedado perplejos y burlados por ella. Incluso después de treinta años de ser persistentemente estafados por el Kremlin, ellos encuentran difícil de creer que cualquier animal humano pueda ser, en principio y con un fervor sincero y desinteresado, un mentiroso, un asesino y un tramposo.

     Ellos ahora están esperando alguna intensificación de las viejas decencias simples en Malenkov y sus asociados. Pero ellos mirarán en vano. Esos hombres han sido criados en la misma escuela. Ellos son fanáticos de la misma religión anti-moral y anti-científica. Sólo el desenmascaramiento y el desalojo del marxismo sanará alguna vez al mundo de su actual desesperada enfermedad.



Capítulo Ocho
UNA PALABRA sobre MARX y MAQUIAVELO


     Es usual describir al nuevo inmoralismo marxiano, y a la conducta desviada y cruel de sus apóstoles soviéticos, como maquiavélicos. Pero eso es un blanqueo del marxismo y una difamación contra Maquiavelo que, incluso en sus consejos menos elevados, él poco merece. Esos consejos de duplicidad fueron dirigidos sólo a un "Príncipe", a quien él miró no para un gobierno ideal en general sino para la tarea específica de unificar a la nación italiana en las circunstancias de su tiempo.

     Una cosa es sugerir que, en la dominación de una sociedad regulada por la tradición aristocrática y las costumbres de la casta feudal, un príncipe pueda considerarse inmune a los juicios morales, y una cosa muy diferente es, al tratar de pasar desde la democracia política a una forma más idealmente cooperativa de unión social, ofrecer la misma inmunidad al "proletariado" concebido como la "gran mayoría" de la Humanidad. "Maquiavélico" no es un nombre conveniente para aquello, porque la palabra sugiere una reflexión seria. Un acto demencial de auto-frustración sería un mejor nombre para ello, una inyección de veneno en la fuerza vital de la sociedad que se ha propuesto mejorar.

     No es sofisticado sino simplemente frívolo negar la importancia política del carácter moral y los principios morales. Por supuesto ellos son importantes. Pero eso no requiere que lleguemos a ser místicos en cuanto a la conciencia, o que imaginemos que ser buenos se diferencia en el fondo de ser inteligentes. Si el nexo causal entero fuera conocido, los juicios morales difícilmente podrían resultar ser algo más o mejor que científicos. Sucede, sin embargo, que en los asuntos sociales y políticos no existe ninguna ciencia, ningún conocimiento técnico detallado, capaz de sustituír los principios del sentido común. Es utópico imaginar que tal cuerpo de conocimiento alguna vez existirá. A aquellos que se esfuerzan sólo por el poder, eso no interesa. Pero aquellos que aprecian la civilización, o que quieren mejorarla, restaurarán el juicio de los hombres y su comportamiento a la posición en la empresa política que ella tiene, y siempre ha tenido, y siempre tendrá, en los asuntos prácticos y personales.

     La civilización misma es poco menos que un conjuntp de actitudes aprendidas y hábitos sociales. Principal entre ellos es la demanda que los hombres habitualmente hacen sobre ellos mismos y sus asociados, de respeto mutuo, de dignidad, de una conducta verídica, amable, sincera, leal y honorable. La civilización está a la defensiva ahora. Está luchando por su vida. Ella necesita, a fin de luchar bien, una visión de futuro, un sentido de crecimiento hacia mejores cosas. Necesita una vanguardia joven y valerosa. Pero esperemos que la nueva generación, joven y valerosa, en quien siempre reside la esperanza, no mezcle sus proyectos para el mejoramiento de la vida social con un desprecio por aquellas sabidurías elementales que han hecho posible la vida social.–




Capítulo Diez
SOCIALISMO y NATURALEZA HUMANA


     ¿Por qué el benigno sueño de Charles Fourier y el de Robert Owen, cuando fue hecho probable por las racionalizaciones de Marx, y dinámico por el genio de ingeniería de Lenin, se convirtió en una pesadilla? Pienso que la razón, si se profundiza en ello, es una y muy simple. Es porque esos hombres y todas sus decenas de millones de seguidores, no obstante su claro desprecio por la superstición y firme determinación de ser realistas, tenían una concepción ingenua y romántica de lo que es un hombre.

     Tanto los socialistas utópicos como Karl Marx elaboraron su pensamiento antes de que naciera la Psicología como la conocemos, o la Antropología, o incluso la Biología en su forma moderna. Y Lenin, como dije, no elaboró ningún pensamiento teórico que pasara más allá de Karl Marx. Lenin tenía sólo veinte años cuando William James publicó su importante libro "Psicología", pero no hay ningún indicio en sus escritos de que él alguna vez leyera más que el título de un libro de texto elemental de esa ciencia en desarrollo.

     En Octubre de 1917, después de que llegaron las noticias de que el gobierno de Kerensky había huído, y que el Palacio de Invierno había caído ante las tropas insurrectas de Lenin, éste, que había estado escondido, apareció en una reunión del Soviet [consejo gubernamental] de los Trabajadores y los Soldados de Petrogrado. Él caminó rápidamente por el pasillo, se subió a la tribuna, y cuando los largos, salvajes y felices gritos de saludo se habían extinguido, comentó: "Procederemos ahora a la construcción de una sociedad socialista".

     Él dijo eso tan simplemente como si estuviera proponiendo construír un nuevo establo para las vacas o un moderno gallinero. Pero en toda su vida él nunca se había hecho la pregunta igualmente simple: ¿Cómo esa ingeniosa invención iba a satisfacer las tendencias instintivas de los animales para los que se hacía?.

    Nunca había entrado en la cabeza de Lenin la idea de que los hombres, como los otros animales, podían tener tendencias instintivas. Él realmente sabía menos sobre ese tema, después de cien años, que Robert Owen. Owen había descrito la naturaleza humana bastante bien, para ser un aficionado, como "un compuesto de propensiones animales, facultades intelectuales y cualidades morales". Él había escrito en el preámbulo de la Constitución de la Nueva Armonía que "El carácter del hombre... es el resultado de su formación, su posición, y de las circunstancias dentro de las cuales él existe". Él solamente omitió pensar en el factor de la "formación" del hombre —lo que llamamos su naturaleza hereditaria— hasta que su deseo tuvo el tiempo para convencerlo de que la "posición" y la "circunstancia" podrían hacerlo todo. Póngase gente en una sociedad cooperativa lo suficientemente joven, él se persuadió, y ellos crecerán justos, razonables, verídicos y magnánimos; ellos crecerán cooperativos.

     Para no decir nada de la ciencia, parecería una simple cuestión de sentido común, si usted quisiera mejorar el sistema de Owen, entrar en los detalles y averiguar algo un poco más exacto y confiable sobre el "carácter del hombre". Si el asunto hubiera sucedido en Inglaterra o Francia, aquél habría sido probablemente el siguiente paso. Pero sucedió en Alemania, y el procedimiento natural era volar desde los detalles hacia el firmamento. En vez de un plan más cauteloso para el progreso, conseguimos un sistema de filosofía en el cual el progreso era secundario. Marx dedujo el socialismo a partir de una teoría del universo que él había aprendido en la escuela y que resultó estar de moda en ese momento. Por esa razón, con toda la gran discusión acerca del avance desde "utópico" a "científico", Marx, en su problema, dio un largo paso hacia atrás desde el enfoque comparativamente sensible de Robert Owen. Él abandonó totalmente la "formación" o la "propensión", el problema de la naturaleza hereditaria del hombre. Él abandonó al hombre conjuntamente, en la medida en que él podría representar un obstáculo al cambio social.

     "El hombre", dijo él, "es un complejo de relaciones sociales... El individuo no tiene ninguna existencia real fuera del entorno en el cual él vive", con lo cual él quiso decir: Cambie las relaciones sociales, cambie el entorno, y el hombre cambiará tanto como usted quiera. "Toda la Historia", añadió él, "es solamente una transformación continua de la naturaleza humana".

     Eso es todo lo que Marx dijo alguna vez acerca de esta cuestión primaria y, para una mente científica, preliminar. Y Lenin, repito, no dijo nada. Por eso el sueño de ellos se convirtió en una pesadilla. Ésa es la razón de fondo. El esquema de ellos era de aficionados —y peor que amateur, místico— en cuanto al tema más esencial para su éxito.

     Desde luego, no podemos aparecer de pronto con la pretensión de que sabemos mucho sobre el tema ahora mismo. La ciencia del comportamiento humano está todavía en su infancia. Biología, antropología, sociología, psicología... ellas difícilmente han unido fuerzas aún, o acordado un lenguaje común. Dichas ciencias tienen, sin embargo, un modo válido de acercamiento y ciertos conceptos a los cuales cualquier hombre seriamente preocupado por el cambio social debe prestar atención. Como un lector estudioso de esas ciencias, me aventuraré a mencionar cuatro o cinco de esos conceptos, que pienso que en gran parte explican por qué, en vez de la Nueva Armonía que él esperaba, Lenin produjo los horrores de un Estado totalitario.

     No es que los hombres sean simplemente codiciosos o acaparadores. Tanto los hombres como las mujeres, y sobre todo la juventud, hicieron un sacrificio de los bienes de este mundo tanto en la Rusia de Lenin como en la Alemania de Hitler hasta el punto de la santidad y en gran cantidad. Aquellos sabiondos que solían gruñir acerca de la avaricia de los hombres, y decir sobre aquella base "¡Ustedes los socialistas no saben nada sobre la naturaleza humana!", realmente no consiguieron muchísimo más que nosotros. Aquello no habría hecho daño a ninguno de nosotros al estudiar el tema.

     El hombre es, en primer lugar, el más plástico y adaptable de los animales. Él realmente puede ser cambiado por su entorno, e incluso por sí mismo, hasta un grado único, y eso hace razonables las ideas extremas de progreso. Por otra parte él hereda, además de "propensiones animales" en el sentido ordinario, un conjunto de tendencias o impulsos emocionales —la palabra "instinto" es arriesgada— que, aunque puedan ser entrenados de diversas maneras en el individuo, no pueden ser erradicados de la raza. La formación consiste sólo en la represión o el redireccionamiento de ellos. Y no importa cuánto ellos puedan ser cambiados por "la posición y la circunstancia" del padre, ellos reaparecen en su forma original —tan cierto como que el erizo produce espinas— en cada bebé que nace.

     Ese atributo nativo, además, fue desarrollado en tiempos prehistóricos. En general, capacitó al hombre, o al menos a aquellos hombres de los que descendemos, para la supervivencia en tribus salvajes. Nada ha sucedido en la breve duración de la vida racial llamada "civilizada" que alterara de manera medible lo que somos al nacer. Las actitudes aprendidas y los modos de comportamiento que, junto con los objetos manufacturados, constituyen la civilización, no son transmitidos en la herencia, y tienen que ser adquiridos de nuevo por cada individuo.

     Esto acerca de la naturaleza humana, pienso, puede ser correctamente descrito como el conocimiento. Cuando se trata de declarar simplemente cuáles son aquellas tendencias nativas, sin embargo, surgen las diferencias de opinión que hacen difícil avanzar. Freud solucionó el problema, o lo ocultó, poniéndolas todas juntas y llamándolas el Id. Ya que Freud siempre acentuó la importancia central del sexo, y por cuanto Id es la palabra latina para "ello", ese recurso académico tuvo una idoneidad muy poco académica cuando llegó a nuestras vulgares costas (estadounidenses). Pero aquello no cegó a los ojos juiciosos ante la irreductible variedad de tendencias presentes en la naturaleza hereditaria del hombre.

     Una de dichas tendencias sobre los cuales incluso Freud está de acuerdo es una tendencia agresiva o beligerante. Parece que siempre que este animal humano es frustrado en cualquiera de sus impulsos, en él probablemente surgirá un impulso de atacar a alguien. Y dado que todos nosotros por la naturaleza de las cosas somos en buena parte frustrados todo el tiempo, hay siempre mucha beligerancia por ahí. Como dice un libro cuidadosamente científico, "Uno puede pensar en cada nación como poseedoras de un gran número de individuos que constantemente necesitan a alguna persona, alguna idea o algún grupo contra los cuales la agresión puede ser expresada" (*). Esto, me parece, es lo que hizo que la doctrina de Marx fuera tanto más popular que la de Fourier o la de Owen. Los tres hombres hablaron acerca del mismo objetivo último de paz y armonía en la Tierra, pero Marx habló muy poco de ello, y mientras tanto dio a sus seguidores una posibilidad de luchar: para llegar al objetivo ellos deben renunciar a la paz y la armonía y entrar en una batalla de las épocas.

(*) Frustration and Agression, Dollard, Dooh, Miller, Mowrer y Sears, Instituto de Yale de Relaciones Humanas.

     Un plan más sabio conservaría un poco de aquella exaltación beligerante en su meta futura. Ello formaría un ideal un poco menos celestial que la "sociedad sin clases", un poco más divertido en la Tierra. "De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades", suena muy justo y noble, pero si usted usa su imaginación un poco, ¡qué fastidio sería!. "Al menos ocupemos tiempo cada tarde", dirían los ciudadanos más afortunados, "y veamos lo que cada uno puede conseguir".

     Espero no parecer frívolo, ya que estoy diciendo la cosa más importante que sé decir sobre el socialismo. Él ha sido más mito que ciencia. Su objetivo ha sido escapar de la realidad más bien que ajustarse a ella. En vez de tratar de "eliminar todas las causas de disputa entre los individuos", como lo hizo Owen, o incluso entre clases, como lo hizo Marx, deberíamos reconocer que la competencia forma una gran parte de lo que mantiene a la Humanidad con salud e interesada. El progreso debe consistir en elevar el nivel y humanizar los términos en los cuales las disputas vitales son llevadas a cabo. Eso requiere quizás un poco de la llama del corazón del revolucionario, pero mantendrá una luz brillando en su cabeza. Si es verdadero, o en alguna medida cerca de lo verdadero, como dijo Marx, que "Toda la Historia es la historia de la lucha de clases", entonces el intento de conseguir una sociedad sin clases es un intento de saltar fuera de la Historia. Los bolcheviques en efecto saltaron realmente fuera de la Historia, o saltaron hacia esa forma de tiranía que la Historia nunca había visto antes. La tarea es dirigir la Historia, usando sobre todas las cosas nuestro conocimiento del hombre para hacer su futuro más satisfactorio para su naturaleza instintiva.

     Ésa es la cosa más obvia, creo, que la psicología tiene que decir al socialista. La sociedad ideal debe ser adaptada para el hombre no ideal. Debe tener consideración hacia los rasgos humanos nativos promedio, y no dejarlos confundidos con actitudes sutiles que tipos especialmente criados o educados han logrado a veces mantener. Y entre aquellos rasgos, un convencimiento para dar batalla será encontrado tan nativo como aquella bondad gregaria de la que los socialistas han hecho tanto.

     Otro rasgo del hombre que el socialismo ha ignorado —y en realidad todos los idealismos políticos, desde La República de Platón hasta la Declaración de Independencia (estadounidense)— está implicado en aquella misma tendencia gregaria o social. Ésa no es una simple disposición a estar lado a lado, o a charlar juntos, o hacer juntos lo que tiene que ser hecho, sino que es una disposición que permite que varios individuos distintos y contrarios se aglutinen cuando sea necesario y actúen como una unidad. Para ese fin cada individuo tiene que ser capaz de adoptar con respecto a su vecino, y adoptar con sinceridad impetuosa, una actitud de dominio o de sumisión. Es ese confuso y sin embargo claro par de atributos el que los socialistas más fatalmente ignoraron. En particular, el lado sumiso ha sido ignorado, la pasión que tanto hombres como mujeres tienen por ser conducidos, por obedecer, por conformarse y pertenecer.

     Freud ve esa tendencia en los adultos como el niño en ellos que todavía ansía la autoridad de un padre. Otros la han llamado un "instinto de sumisión", diferente de un "instinto de auto-afirmación" Todavía otros se han contentado con describir todo el asunto —y juntamente casi todo lo demás— como un "instinto de rebaño". Pero eso sugiere un rebaño comedor de pasto bastante temeroso. Una "tendencia a luchar en manada" podría ser más apropiada para el actual cuadro de la Humanidad, si usted está determinado a encontrar primos hermanos en el zoológico. Pero no creo que eso sea necesario.

     Entraremos en un problema desesperado si adoptamos los clichés de alguna escuela o línea particular de estudio en psicología. Naturalmente, si usted se acerca a la definición de la naturaleza del hombre a la manera de los animales, usted saldrá con una terminología; si usted se acerca a ello a través de las comunidades primitivas, usted saldrá con otra; si usted se acerca a ello a través del asilo de locos, usted saldrá con una tercera. Si usted se acerca a ello con un temeroso respeto por los métodos de la física matemática usted no saldrá a ninguna parte en absoluto. Pero pienso que cualquier autoridad en el tema, cualquiera sea el lenguaje que ella pudiera usar, estaría de acuerdo con que los hombres tienen en su naturaleza hereditaria una buena dosis de beligerancia, y con que ellos tienen una disposición tanto a dominar a otros como a someterse a ellos, lo cual no es un gusto adquirido. El aprecio de ellos por la independencia y por la igualdad de status, así como su disposición a cooperar, son así calificados por tendencias muy fuertes de una clase contraria. ¿Es demasiado pedirle a los arquitectos de una Nueva Sociedad que ellos tomen estos hechos en consideración?.

     Los experimentos de Owen no fracasaron, ni tampoco los de Lenin, debido a los "hábitos del sistema individual" prevaleciente entre sus miembros. Ellos fallaron, más bien, debido a los impulsos del animal social que prevalece en ellos. La idea de producir una "Comunidad de Igualdad" —o, en términos de Marx, una "Sociedad de Libres e Iguales"— socializando la propiedad y la producción, asumió una mayor auto-dependencia, así como una disposición más pacífica, que aquella con la cual nacen esos animales humanos o que son capaces de adquirir en grandes cantidades. ¡Los gatos podrían formar tal sociedad si pudieran aprender a trabajar juntos, pero los perros tendrían que aprender a ser independientes! Y lo mismo harían todos los animales gregarios, incluyendo este muy educable y reflexivo llamado el hombre.

     Si estas cosas son verdaderas, no es casual que la comunidad de Owen —y las otras como aquélla— prosperara sólo mientras el fundador estuvo presente para dirigirla. No es casual que la "colectivización completa" en Rusia, en vez de liberar a los trabajadores y campesinos, impusiera sobre ellos una nueva clase de tirano. Me parece obvio ahora —aunque fui lento, debo decir, para llegar a esa conclusión— que la institución de la propiedad privada, la dispersión del poder y la importancia que eso tiene, ha sido un factor principal en la producción de aquella limitada cantidad de libertad e igualdad que Marx esperaba hacer infinita aboliendo esa institución. El propio Marx, como ya comenté, fue el primero en comprender eso. Fue él quien nos informó que la evolución del capitalismo privado con su libre mercado había sido una condición previa para la evolución de todas nuestras libertades democráticas. Nunca se le ocurrió que, si eso era así, aquellas otras libertades podrían desaparecer con la abolición del libre mercado.

     Eso, sin embargo, es exactamente lo que sucedió en Rusia, y sucedió con velocidad asombrosa. No creo que el tan mencionado "atraso" del país adelante algo en la explicación de esto. El atraso de Rusia difícilmente puede explicar por qué la colectivización la hizo más atrasada. Tampoco creo que el "envolvimiento capitalista" —tanto como la excusa de Owen— la explique, ni tampoco los procedimientos dictatoriales y violentos del partido bolchevique de Lenin. Aquello no puede ser explicado sin una referencia a aquellos hechos más recientemente reconocidos en los cuales los marxistas, por lealtad a su antigua doctrina, rechazan pensar: lo hereditario en contraposición a la naturaleza adquirida del hombre; el hecho de que la naturaleza hereditaria es todavía la del salvaje tribal, y que contiene, entre otras cosas, un gusto por el enfrentamiento y aquella tendencia a inclinarse ante otros o a dominarlos que hace de la solidaridad de grupo en los animales gregarios algo espontáneo.

     Particularmente en tiempos de tensión y peligro, los hombres son propensos por naturaleza —no sólo persuasibles mediante argumentos— a reunirse y luchar. Y en aquella unión beligerante, todas aquellas "cualidades morales", la moderación y la justicia, la franqueza y la magnanimidad, con las cuales Owen contaba, y Marx y Lenin después de él, tienden a ceder el paso ante aquellos rasgos que yacen más profundos. Incluso el calculador interés propio tiende a ceder el paso. Usted no puede contar con nada excepto con la cohesión y la intolerancia.

     Ésa, al menos, fue la manera exacta en la cual ocurrió el fracaso ruso. El mismo partido de consagrados revolucionarios en los cuales Lenin había confiado para socializar las industrias y dar nacimiento a la sociedad libre en Rusia, se convirtió en el núcleo de una ciega y vengativa pandilla belicosa, que aplastó hasta la muerte con chillones gritos de odio a cada individuo que se atrevió a sobresalir, por las promesas de Lenin, o por cualquier otra cosa, sólo por cólera y obediencia.

     Eso fue lo que le pasó al experimento de Lenin, y comenzó a pasar incluso antes de que su mano controladora fuera retirada. En vez de producir la civilización más alta exigida por su ciencia de aficionado, o no-ciencia, del hombre, la perturbación que trajo arrasó totalmente secciones enteras del tejido de la civilización, y dejó la técnica de la industria moderna y la educación a merced de las pasiones desnudas de una tribu salvaje...

     Pero no denigremos a las tribus salvajes. Dentro de sus patrones ellos cultivan la sabiduría; ellos están en un estado de crecimiento. Son los seres civilizados que retornan al salvajismo los que son indefendibles. El arte primitivo tiene su dignidad de aspiración, pero el culto que resulta de la moderna imitación de ello está ya en un callejón sin salida. Y lo mismo vale para esas regresiones políticas y morales, los Estados totalitarios, de los cuales aquel culto estético ha sido, casi parece, una anticipación. Ellos son una renuncia a la inteligencia y a todos los valores definidos y delicadamente elegidos.

     Ellos son una renuncia a todo lo que los socialistas, en particular, intentan multiplicar. Y por lo tanto es una reflexión irónica y triste el que el argumento para la propiedad común que los socialistas basaron sobre los hechos de la naturaleza humana fuera el argumento de las tribus salvajes. El "comunismo primitivo", solíamos decir, demuestra que tal sistema económico es conveniente para la naturaleza humana y que funcionará. No se nos ocurrió, aunque hubiera sido una ocurrencia muy "marxiana" si se nos hubiera ocurrido, que al regresar a la economía del salvajismo podríamos volver a su tosco nivel de vida. Nuevamente, sin embargo, eso es lo que ocurrió en Rusia. No hay mejores palabras para describir el efecto cultural y la atmósfera moral de la "colectivización completa".

     No pretendo haber dado una "explicación científica" de este complejo desastre. Me dejará contento si he conseguido evitar la acusación de psicología literaria, y si he convencido al lector de que el desastre no puede ser explicado sin una ciencia de la naturaleza humana. No puede ser explicado con los viejos slogans de economía y política de clases. El error que cometieron los trabajadores y soldados en Petrogrado en cuanto al partido bolchevique es que creyeron que esa nueva belicosa camarilla, brutal, rabiosa y monolítica, al conseguir el poder, promovería, como había sido prometido, sus iluminados intereses. Cada uno averiguó que en el crecimiento y el triunfo de la camarilla el iluminado interés desapareció como tal. La pandilla misma, la perpetuación de su ciego poder combativo, se convirtió en el objetivo esencial del procedimiento.

     El totalitarismo es así literalmente un abandono de la civilización misma. Y nadie que haya vivido una vida de pensamiento estos treinta y cinco años negará que el experimento de Lenin en el socialismo rompió la represa y cavó los canales políticos por los cuales la inundación entera está cayendo. No es suficiente escoger defectos en la táctica de Lenin; su entendimiento básico es el que debe ser cuestionado. Un intento honesto, valiente, leal y, dentro de sus límites, extremadamente intelectual, de producir mediante la propiedad común una sociedad de Libres e Iguales, produjo a un tirano y un Estado totalitario; como consecuencia de él surgieron, tomando prestado su nombre e imitando sus procedimientos políticos, otros tiranos y Estados totalitarios; el mundo entero fue sumergido en una guerra brutalmente estúpida.

     Pienso que cualquier socialista sabio, viendo esta secuencia a la luz de lo que sabemos y de lo que Lenin no sabía sobre la naturaleza humana, por poco que pueda ser, se verá inclinado a reconsiderar sus presunciones. En sus posteriores esfuerzos hacia un mundo en el cual la ciencia habrá conquistado la pobreza y la superstición, y hecho posible para todos una vida rica, él será cauteloso con respecto al plan de la propiedad común y el control estatal. Él será cauteloso con respecto al grado hasta el cual puede ser llevado aquello. Mientras más "radical" es él, en el sentido de preocuparse inteligentemente por la libertad y la justicia y por una posibilidad en la vida para los trabajadores de salario, más cauteloso será él. De esto estoy firmemente convencido. El socialismo era amateur; nosotros debemos aprender a ser expertos.–





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